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viernes, 1 de abril de 2011

UNA HISTORIA VERDADERA, David Lynch (1999) [7/10]

En 1994, el anciano Alvin Straight (Richard Farnsworth) recorrió la distancia que separa Iowa de Wisconsin montado en su máquina cortacésped para ir a ver a su hermano, con quien no se hablaba desde hacía diez años y que acababa de sufrir un ataque al corazón. Una historia verdadera, de David Lynch, recoge aquel emocionante momento en la vida del viejo Alvin, resultando una preciosa película que nos habla del amor fraternal y familiar en general.

La película, sus imágenes, me roza y me acaricia, pero no me abraza y me envuelve como sí lo hicieron Mulholland Drive o Carretera perdida, quizá porque, siendo de David Lynch, me esperaba del filme una cosa y me encontré con otra, o quizá porque, precisamente, el guión no se debe a la creación del maestro surrealista, sino a la de John Roach y Mary Sweeney.


Sea como sea, y a pesar de que los encuentros del viejecito con diversos personajes a lo largo de su gesta contribuyen a amenizar la película aportando interesantes lecciones de vida y de moral, la película resulta bastante lenta y simple, y uno no puede dejar de tener la sensación de que todo esto no hacía falta contarlo en casi dos horas, sino que en treinta minutos la historia podía estar ventilada perfectamente. Una historia verdadera me recuerda en este sentido a Los puentes de Madison de Clint Eastwood, película también lenta a su manera, pero transmisora, en mayor medida que el film de Lynch, de fuertes emociones que tienen que ver con el amor y la pasión.


Los paisajes que nos son mostrados y la forma en que nos son presentados se aproximan ligeramente a lo que podríamos denominar "atmósfera Lynch", pero no llegamos a tener plenamente la sensación de estar ante una película dirigida por el creador de Twin Peaks, cosa que sí parece ocurrir en el caso de la siempre adecuada música de Angelo Badalamenti, habitual colaborador del director, que encaja a la perfección con las bellas imágenes para regalarnos una película que, si bien defrauda a aquellos que esperábamos la típica película de David Lynch, es indudable que se trata de una bella historia digna de ver. Si es en compañía de tu hermano, mejor aún.

viernes, 3 de diciembre de 2010

CARRETERA PERDIDA, David Lynch (1997) [7,3/10]

Tras algunos proyectos televisivos como la ya mitiquísima serie Twin Peaks, el genial David Lynch volvió al celuloide para no dejar indiferente a nadie y hacer lo que mejor sabía, en una potente y mágica cinta donde los personajes más siniestros y originales volvían a danzar ante nuestros ojos en la pantalla. Hablamos de Carretera perdida, producida en 1997 y, en cierto modo, precursora de la que años después se convertiría en el filme a causa del cual mayor número de gente se ha devanado los sesos tratando de encontrarle algún tipo de lógica y sentido: Mulholland Drive. Algo que, por otra parte, es inútil del todo, pues bien puede pensarse que mirar una película del surrealista actual por excelencia como quien mira una tv movie de Antena 3 es cuanto menos absurdo.
Carretera perdida nos presenta un tema muy similar al que en 2005 nos traerá Haneke con Caché. Un aparente feliz matrimonio recibe en su domicilio unas misteriosas y anónimas cintas de vídeo en las que aparecen imágenes del interior de su casa, incluso ellos aparecen durmiendo. Con esta premisa tan acojonantemente acojonante Lynch desarrolla una historia que invita al espectador, una vez más, a aceptar sus reglas, introducirse en su mundo y dejarse llevar por esos paisajes oníricos calcados de nuestros sueños, poblados por esos personajes tan terriblemente peculiares y sumergirnos en su atmósfera tan surrealista y opresiva.
El cara-bobo de Bill Pullman junto con la más que explosiva Patricia Arquette están a cargo de los papeles principales, desarrollando una interpretación más que correcta, pausada, como tiene que ser para una película de estas características. Y si a este combo le añadimos el tenebroso personaje interpretado por Robert Blake tenemos una preciosa película made in Lynch que, puestos a buscarle una temática concreta para acercarlo al cine convencional, parece tener mucho que decir con respecto a la industria del porno, aunque como ya digo, no creo que sea la principal intención del realizador.
Lynch tiene su universo propio, y eso le convierte en un director que, como mínimo, ha de ser tratado de usted. Hay quien señala que fue una pena que muriese el Lynch de El hombre elefante, y que el de Carretera perdida y Mulholland Drive puede irse a la porra. Es cierto, son dos directores completamente diferentes uno y otro, pero ambos, en mi humilde opinión estudiantil, realmente buenos, y eso es lo que convierte a David Lynch en uno de los grandes del séptimo arte: su capacidad para hacer películas buenas, independientemente de su temática o estructura, cine a secas, sin etiquetas, historias de todos los colores y sabores realmente atractivas para el público.

martes, 19 de octubre de 2010

TERCIOPELO AZUL, David Lynch (1986) [6/10]

Como otras muchas películas de David Lynch, Terciopelo azul es un film de culto en el que el director indaga en las miserias y putrefacción que se esconden tras la fachada de libertad y felicidad de la sociedad estadounidense. La película empieza mostrándonos típicas escenas de un american way of life consolidado, con permanente sonrisa en la cara, pero bajo el que se esconden cucarachas y mugre. Podemos vivir muy tranquilos en nuestro chalet y salir cada mañana a regar el jardín sin ningún remordimiento de conciencia, pero sabemos que ahí fuera el crimen, la corrupción, la violencia y la explotación sexual están a la orden del día, y no por apartar la mirada de todos esos elementos éstos van a desaparecer. Estando las cosas como están, uno quiere pensar que, a pesar de todo, siempre nos van a quedar otras cosas, como el amor, que nos animarán a tirar hacia delante en un mundo caótico.
La historia de la que se sirve David Lynch para reflejar esta idea consiste en la investigación de un asesinato por parte de un joven llamado Jeffrey (Kyle MacLachlan) con tendencias detectivescas que involucra a una famosa cantante de club nocturno interpretada por Isabella Rossellini.
Como en otras muchas obras de Lynch, la partitura del filme vuelve a estar a cargo de Angelo Badalamenti, que aporta ese tono de tensión que contribuye a crear la atmósfera, aspecto completado por la en cierto modo oscura fotografía de Frederick Elmes, la cual dota a la obra de una estética particularmente tétrica, sobre todo cuando se presenta ante nuestros ojos ese desfile de peinados ochenteros tan horteras, valga la redundancia.
Siendo en ocasiones ligeramente aburrida a pesar de llevar prácticamente en su totalidad de metraje un ritmo correcto, Terciopelo azul permite a su realizador empezar a encontrar su sitio en lo que a confección de personajes estrambóticos se refiere, desde Frank (Dennis Hopper) hasta su amigo Ben (Dean Stockwell), ambos terroríficos a su manera. También, por supuesto, hay sitio para esa relación tan pastelosa entre Jeffrey y Sandy (Laura Dern) que, bien mirado, tampoco incomoda en demasía.
Pero sin duda, uno de los aspectos que más llama la atención del filme es el personaje interpretado por la hija de Roberto Rossellini e Ingrid Bergman, Dorothy Vallens. Sus curiosas apetencias sexuales nos recuerdan, a los que habíamos visto antes La pianista de Haneke, inevitablemente a los de aquella estricta profesora de piano magistralmente interpretada por Isabelle Huppert, donde violencia y sexo se entremezclaban hasta el punto de ser imposible distinguir entre uno y otro. Algo parecido ocurre en Terciopelo azul, y en la sociedad que representa ante nuestros ojos.

martes, 5 de octubre de 2010

MULHOLLAND DRIVE, David Lynch (2001) [8/10]

Todo el mundo que me había hablado de esta película me decía que no había por dónde pillarla, que uno no se enteraba de nada y que prácticamente se basaba en una sucesión de imágenes sin sentido y sin conexión unas con otras. Me puse a verla convencido de que iba a pasarme casi dos horas y media presenciando un inquietante espectáculo visual muy típico en el videoclip y que, por lo tanto, me iba a aburrir sobremanera. Pues bien, si bien es cierto que el filme es difícil de coger, también lo es que no hay que exagerar hasta el punto de ponerla como una sucesión de imágenes sin sentido. Es verdad, yo no la he terminado de dominar al cien por cien, vale, pero creo que si la veo dos veces más acabo por hacerme con ella. Sea como sea, creo que lo importante en Mulholland Drive de David Lynch no es encontrarle una lógica a lo que le sucede a los personajes, sino experimentar las sensaciones que éstos viven, meternos en la atmósfera y el mundo que nos propone David Lynch, rendirnos ante la película y aceptar sus reglas de juego. La prueba de ello es que Mulholland Drive es una cinta que, aun no habiendo atado todos los cabos, se puede disfrutar sin ningún problema. Y no estoy hablando de gafapastas ratas de videoteca, sino de espectadores medios. Evidentemente, aquéllos tendrán menos dificultad para disfrutar del filme que éstos, pero como ya digo, con varias veces que uno la vea puede llegar a entenderla en gran medida.
Si en La semilla del diablo de Roman Polanski hablábamos de que lo que realmente metía miedo al espectador era la atmósfera que el realizador conseguía, con David Lynch estamos ante el rey de las atmósferas, que nos obliga a no quitar la vista de la pantalla aún temiéndonos un sobresalto de un momento a otro.
Mulholland Drive no es una película cualquiera, eso está claro. Es otro tipo de cine, que te propone otra cosa totalmente distinta a la que te propone la práctica totalidad de la producción cinematográfica, y con esa premisa es difícil conseguir éxito entre el público no especializado. Creo que ése es uno de los aspectos más brillantes de esta película del creador de la mítica serie Twin Peaks, que siendo un filme tan especial puede ser disfrutado por cualquiera.
La forma de manejar la cámara es sublime, hay encuadres que quitan el hipo, los personajes son de lo más pintoresco y a la vez interesantes, todos los elementos de la película están perfectamente hilados, en otro tipo de estructura si se quiere, pero perfectamente hilados al fin y al cabo. Una película muy recomendable, que hay que ver con seis sentidos, y varias veces, pero que en ningún caso aburre, sino todo lo contrario. Por lo visto, el propio David Lynch reconoció que la obra se presta a tantas interpretaciones como espectadores, así que resulta todo un reto de obligada aceptación.