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lunes, 7 de febrero de 2011

EL SÉPTIMO CONTINENTE, Michael Haneke (1989) [6,3/10]

Michael Haneke se introdujo en el mundo del cine atestando un potente puñetazo sobre la mesa materializado en su ópera prima El séptimo continente. La película, basada en hechos reales, muestra a una aparentemente feliz familia burguesa de la Viena de finales de los 80’ que, de buenas a primeras, decide que no le gusta su vida y acaba por romper (no es un decir) con ella.
Ya en su primer largometraje para la gran pantalla el austríaco apuntaba maneras acerca de por dónde iba a tirar en cuanto a temática y realización de sus películas, hasta convertirse a día de hoy en uno de los más importantes directores de cine europeo y mundial. Michael Haneke experimenta con la típica familia occidental exponiéndola ante situaciones límite, muchas veces con violencia de por medio, todo ello aderezado con una realización tan suya que lo delata como si fuese su propio DNI. Cámara fija y planos largos son el sello del director, que junto con una música prácticamente inexistente consiguen una atmósfera tan opresiva como única. En El séptimo continente Haneke roba la identidad de sus personajes fijando la cámara principalmente en los objetos con los que éstos interactúan, de forma que el espectador tarda en ver la cara de aquellos a quienes va a acompañar en su cruzada contra el Estado del bienestar y la superficial sociedad de consumo, similar en cierto modo a lo que dentro de unos años haría David Fincher basándose en la novela de Chuck Palahniuk, El club de la lucha.

Puede entenderse que, puestos a contar una historia basada en hechos reales, se quiera ser fiel a lo que ocurrió de verdad; pero lo cierto es que una mejor explicación del comportamiento de la familia hubiera sido todo un detallazo por parte del director, así como un no tan abusivo uso de su estilo, lo cual hubiera evitado que la película se haga aburrida por momentos.

viernes, 24 de diciembre de 2010

INDIANA JONES Y LA ÚLTIMA CRUZADA, Steven Spielberg (1989) [7,5/10]

Hoy he vuelto a tener 9 años, he vuelto a estar frente a una pantalla dispuesto a correr trepidantes aventuras con Indi (Harrison Ford) en Indiana Jones y la última cruzada, tercera parte de la aclamadísima trilogía dirigida por Steven Spielberg.
El prólogo de la película ya constituye por sí mismo toda una lección de cine bien hecho, que nos devuelve al mejor Spielberg, al genuino Indiana Jones. Es una especie de tranquilizador, la forma que tiene el director de decirnos "calma, que aunque sea una secuela, sigo en plena forma y váis a seguir disfrutando", algo que por supuesto faltó en la cuarta.

El realizador demuestra ser todo un conocedor del lenguaje cinematográfico, siendo que La última cruzada resulta ser la mejor de la trilogía en cuanto a su realización. No obstante, y de esto se da cuenta uno cuando ve la película con un mayor grado de madurez, en la tercera parte de Indiana Jones Jeffrey Boam (que así se llama el guionista de la tercera entrega) ha sobrecargado la historia de gracietas que, aunque buenas, su excesivo número termina por molestar al espectador, aunque quizá ha influido en este sentido el hecho de tener El templo maldito (de mayor oscurantismo) más reciente, y esperarme por lo tanto otra cosa más seria.

Esta vez Indiana se las verá con los nazis en la búsqueda del Santo Grial, nada menos, y como novedad viene acompañado de su papá (Sean Connery). En el papel de "la chica" se encuentra Alison Doody, que da vida a la bellísima y seductora Dra. Elsa Schneider, y vuelven los amigos de Indi que ya conocimos en En busca del arca perdida, Marcus Brody (Denholm Elliott) y Sallah (John Rhys-Davies, que por cierto es el mismo que interpreta a Gimli en El señor de los anillos).

Con una serie de magistrales gags visuales importados de los dibujos animados y un espléndido sentido del humor que embadurna cada diálogo de la película, Spielberg y su equipo vuelve a portarse y hace lo que mejor sabe, obteniendo así una preciosa película que, aunque más floja que las otras dos, no decepciona en ningún momento y nos devuelve a uno de los personajes más entrañables de la historia del cine, el gran Indiana Jones.



lunes, 6 de diciembre de 2010

SEXO, MENTIRAS Y CINTAS DE VÍDEO, Steven Soderbergh (1989) [7/10]

En los ochenta, el cine independiente deja de concebirse como exclusivo de circuitos cerrados de arte y ensayo, y llega a lo comercial gracias a iniciativas como la de Robert Redford en el Festival de Sundance. Este festival supone un trampolín de nuevos directores y una escuela para futuros cineastas.
En 1989 aparece Steven Soderbergh con Sexo, mentiras y cintas de vídeo, que revoluciona el cine independiente y catapulta a la fama a su director, quien se lleva la Palma de Oro en Cannes.
Sexo, mentiras y cintas de vídeo cuenta la historia de un matrimonio no demasiado feliz en sus relaciones sexuales. Ann (Andie MacDowell), comprobando cómo su marido John (Peter Gallagher) pasa cada vez más de ella, acaba por mostrar cierta reticencia hacia el sexo, mientras que él, tratando de ansiar su apetito sexual, mantiene encuentros clandestinos y esporádicos con Cynthia (Laura San Giacomo), la hermana de Ann. Un día llegará a casa Graham (James Spader), un antiguo compañero de la universidad de John, que actuará como catalizador para la liberación de tensiones entre los tres personajes.
La primera hora de la película es realmente interesante, con un ritmo cuidado y unas actuaciones bastante correctas, donde cabría destacar la naturalidad de James Spader y la potente sexualidad que desprende Laura San Giacomo. Sólo por escuchar la voz tan excitantemente sensual de ésta merece la pena ver la película en versión original. El problema llega en la última media hora, cuando Soderbergh se pierde en un cúmulo de explicaciones que acaban por no explicar nada y por dejar al espectador con cara de haba.
Interesante debut de un director que, aún a día de hoy sigue sorprendiendo con títulos tan dispares como la comercial saga de Ocean's y la, por lo visto, godardiana The Girlfriend Experience.