Otra sorpresa que ha traído 2011 ha sido Intocable, de Eric Toledano y Olivier Nakache, dos directores franceses a los que no conocía y que me han descubierto una de las mejores obras del año pasado.
Intocable es brillante, una de esas películas que transmiten ganas de vivir, que llenan el pecho y le hacen a uno salir del cine esbozando una sonrisa de oreja a oreja que le llena de orgullo y satisfacción.
El excelente guión, escrito por los propios realizadores, cuenta con tronchantes toques de humor negro que aseguran más de una carcajada, así como con emocionantes momentos sentimentales que nos llevan incluso a empañar ligeramente los ojos. En cualquier caso, funciona perfectamente, llegando a hacer que los pequeños atisbos de inverosimilitud que la historia pudiera presentar quedan automáticamente sepultados bajo el saber hacer de Toledano y Nakache.
La película está basada en un hecho real, en el que un hombre de dinero (François Cluzet) queda tetrapléjico tras un accidente, y un inmigrante de los suburbios (Omar Sy) va a cuidarle para ganarse la vida, generándose una interesante amistad entre ambos. Los directores logran retratar los antagónicos mundos de los que procede cada protagonista, así como el contraste entre ellos, dando lugar a una emocionante historia acerca de la amistad y de la importancia del sentido del humor en nuestra existencia. Intocable es la historia de dos amigos que se dieron la vida mutuamente por un giro inesperado del destino. Preciosa.
Sin ningún lugar a dudas, una de las sorpresas del año en lo que a cine se refiere la constituye la película The artist, del francés Michel Hazanavicius, quien, en plena época de dominio del 3D y el cine digital, se ha atrevido a contarnos una historia acerca de la renovación y la adaptación a un nuevo medio a través de una película muda en blanco y negro.
Cuando uno se sienta en la butaca del cine y la película se empieza a proyectar, se tiene la sensación de viajar en una máquina del tiempo hasta el Hollywood de 1927, donde un exitoso actor llamado George Valentin (Jean Dujardin) se come el mundo a bocados gracias a sus fantásticas películas. El problema viene con la definitiva implantación del cine sonoro, que acaba por desplazar a aquellos expresivos rostros asociados a lo viejo y demanda nuevas caras y, sobretodo, nuevas voces. Es en este contexto donde una bella Peppy Miller (Berenice Bejo), en oposición al olvidado Valentin, desarrolla su meteórica carrera hacia el estrellato cinematográfico. El encuentro entre ambos actores servirá como detonante de una historia que se divierte reflexionando en torno a la mentira que es el cine, desde el falso lunar de la actriz hasta el decorado de cartón-piedra del estudio de rodaje; una historia que nos muestra lo mucho que nos gusta ser engañados por el cine, porque al engañarnos nos maravilla, nos cautiva y nos atrapa.
Autor también del guión del filme, Hazanavicius demuestra ser un grandísimo director en gran parte gracias al material con el que cuenta: imágenes y nada más que imágenes. De esta forma, el uso de la elipsis del que hace gala el director francés sólo puede ser calificado como magistal, sabiendo aprovechar bien las oportunidades que le brinda el cine mudo y logrando transmitir con éxito las emociones que se propone. A este respecto, conviene también mencionar las interpretaciones de todos los actores, por lo general a la altura y únicamente molestando al principio Berenice Bejo, un rostro demasiado actual quizá, pero al que uno acaba por acostumbrarse.
The artist es una arriesgada apuesta que merece por sí misma el reconocimiento internacional, aunque sólo sea por acercar el cine mudo al público general y mantener viva la magia del cine.
Lo malo de ir al cine con altas expectativas es que, si éstas no se cumplen, el batacazo puede ser realmente doloroso, más aún si se trata de un director al que tienes una grandísima estima.
Es lo que me pasó con Un dios salvaje, una historia acerca de la hipocresía y los falsos buenos modales que imperan en la sociedad de hoy.
Coincido con muchas personas en que Un Dios salvaje, la última película de Roman Polanski es “una película imprevisible”, pero de lo estúpidas que son algunas de sus situaciones y muchas de las reacciones de sus personajes.
La historia empieza muy bien, tiene sus puntos, uno se ríe e incluso emite sonoras carcajadas. Pero llegado cierto momento se pasa tres pueblos y no es creíble en absoluto, se vuelve inverosímil por completo. Claro que, tampoco sé hasta qué punto el director polaco ha querido ser fiel a la obra de teatro original de Yasmina Reza, dado que no la he visto, sólo sé que la película deja que desear.
Las interpretaciones de los cuatro actores principales son correctas y profesionales, únicamente molestando por momentos la gran Jodie Foster, a quien los años tampoco perdonan, todo hay que decirlo.
Se agradece la capacidad de Polanski (todo un maestro) para acomodarse a una puesta en escena de notable sencillez, la cual ya demostró en su debut cinematográfico Cuchillo en el agua; pero creo que la calidad no es comparable ni mucho menos a otras películas similares como, por citar sólo un ejemplo, La cena de los idiotas, basada también en una obra de teatro de su propio director, Francis Veber.
Polanski logra crear una atmósfera adecuada y dirige bien a sus actores, pero quizá hubiese sido mejor haber adaptado a la gran pantalla otra historia con más jugo.
En 1965 Jean-Luc Godard presentó Alphaville, una película de ciencia-ficción ambientada en un futuro distópico en el que la técnica lo domina todo y la emoción no tiene cabida. La gente no sabe amar, se afirma negando con la cabeza y toda persona ha de seguir el patrón “normal” so pena de ser ejecutado de las más pintorescas maneras.
En este contexto, el agente secreto Lemmy Caution (Eddie Constantine) tiene la misión de ir a Alphaville en busca del profesor von Braun.
La realización es sencillamente increíble, con unos planos tan largos como magistrales y esos saltos de eje tan característicos del rey de la nouvelle-vague. Con esta película, Godard juega a hacer cine, demostrando que conoce el lenguaje cinematográfico de cabo a rabo hasta el punto de ponerse a filosofar con él de la forma más pedante posible. En este sentido, es interesante destacar la presencia de elementos característicos del cine abstracto, con esos juegos de luces y formas.
El director nos habla de la importancia que tienen el amor y el carpe diem, sin los cuales el ser humano se deshumaniza hasta parecer un zombi robotizado.
La película se hace entretenida la mayor parte del tiempo, siendo particularmente incómoda en los momentos en que se escucha la horrible voz de Alpha 60, al parecer cedida por un enfermo de cáncer de laringe. La belleza personificada que es Anna Karina, sin embargo, constituye uno de los puntos más agradables del filme, especialmente en esos primeros planos tan genialmente iluminados que el realizador consigue gracias al trabajo de Raoul Coutard, el director de fotografía.
La envolvente música de Paul Misraki logra la atmósfera y tensión adecuadas para construir un filme que bebe del cine negro clásico hollywoodiense, a pesar de que en el personaje interpretado por Constantine veo a un vejestorio más que a un detective. No obstante, quizá fuese eso precisamente lo que pretendiese Godard.
Una de las películas más importantes de la Nouvelle Vague, aquella corriente cinematográfica que, influida por el neorrealismo italiano, vino a darse a finales de la década de los 50’ en Francia y que acabó por extenderse por toda Europa en forma de los llamados “nuevos cines”; una de las películas más representativas de estas nuevas olas, decimos, es El fuego fatuo, de Louis Malle. En ella el director dirige un acertado golpe al corazón de la sociedad burguesa de principios de los 60’, plagada de nuevos ricos etnocentristas y snobs ególatras. Nos encontramos ante el viaje que Alain Leroy (Maurice Ronet) realiza por su pasado, visitando a sus antiguos amigos, camaradas y ligues, todos ellos ya maduros y casi peinando canas, algo que él parece incapaz de hacer, madurar. Uno de los aciertos de Malle a la hora de afrontar la realización de El fuego fatuo es su negativa a irlo explicando todo conforme los acontecimientos van teniendo lugar. Así, deja que sea el espectador el que, por su propio pie, decida entrar en el universo interior de Leroy, identificarse o no con él, y participar de la experiencia que el director le propone. El fuego fatuo constituye una reflexión y una invitación al debate en torno al cambio generacional, cuando ya se deja de ser joven e idealista y uno se da de bruces contra el muro de la realidad y de la hipoteca a pagar. Y ya no quedan ahí ni los camaradas, ni los amores, ni los amigos. Solo la soledad.
Salta a la vista que la película está realizada por un buen director, conocedor del oficio, y que ha puesto todo su empeño en hacer algo bastante aceptable. La realización, la fotografía y en general la puesta en escena denotan calidad, por lo que la película puede gustar más o menos, pero ahí ya únicamente intervendría la subjetividad del espectador.
En mi caso, quizá esté loco, pero creo que esta obra de Rohmer, una de las más importantes de la Nouvelle vague, es un coñazo bastante importante y digno de tener en cuenta. De acuerdo, puede que la importancia, la esencia de la película, resida en sus diálogos acerca de Pascal, el matrimonio y el catolicismo, pero, llámenme banal, para eso me leo un libro. El cine, antes que diálogos, es movimiento, es acción (aunque sea interior), y una película que únicamente muestra a dos personas divagando acerca de temas interesantísimos deja mucho que desear en ese sentido.
La película parece querer hacer hincapié en esa sensación que tienen los verdaderos enamorados de que su relación es la definitiva, que todas las anteriores ya no importan, porque ésta y sólo ésta es la verdadera. Es algo así lo que le pasa a Jean-Louis en su noche con Maud.
Una de las películas que más desconocía y que a la vez es una de las obras más valoradas es la última película que dirigió el francés Jacques Becker, La evasión.
Basada en la novela de Jose Giovanni, La evasión sitúa la acción dentro de una cárcel francesa, en una de cuyas celdas los prisioneros traman una fuga. Con un estilo asombrosamente realista, favorecido en parte por los rostros desconocidos que ejercen de protagonistas, el director nos contará una historia de camaradería acerca de la belleza que reside en el camino hacia una meta, más que en la meta en sí.
La tensión lograda es de una calidad y perfección intachable, y Becker la sabe mantener en constante ascenso de una forma majestuosa. La larga duración de los planos en los que los presos lijan los barrotes o cavan hoyos, no hace sino aproximarnos aún más a esa celda, a respirar el cansancio y sentir el ansia de libertad con la que cargan los protagonistas, resultando La evasión casi un documental acerca del proceso que siguen cinco hombres para fugarse de una prisión.
Aparte del mencionado realismo, llama la atención cómo presenta el director la idea de la libertad. Cómo muestra a los personajes continuamente rozándola, acariciándola cada vez más, pero nunca llegando a agarrarla por completo, acercándonos así a la desesperación del preso, del que ha tenido el objeto deseado a su alcance pero, por una razón u otra, no ha podido o no ha querido hacerse con él aún.
Una de las operas primas más interesantes del 2009 fue El erizo, dirigida y escrita por Mona Achache, y basada en la novela La elegancia del erizo de Muriel Barbery. El erizo es una mirada a los débiles, a los tristes, a los invisibles, a los incomprendidos. A todos aquellos disconformes con el mundo pero resignados a vivir en él. Cuenta la historia de Paloma (Garance Le Guillermic), una inteligente y hasta cierto punto repipi niña que tiene la intención de suicidarse el día de su cumpleaños. La relación que establecerá con Renné (Josiane Balasko), la portera del edificio en el que vive; y el señor Kakuro Ozu (Togo Igawa), el nuevo vecino; nos irá descubriendo un conjunto de brillantes secuencias donde las reflexiones en torno a la aceptación de uno mismo y el enfrentamiento a la vida con las armas con las que se cuenta se irán sucediendo de un modo magistral gracias al buen hacer de su novel directora. Cada una de las líneas narrativas desarrolladas por los personajes está perfectamente hilada, con un elegante uso de la elipsis en más de una ocasión y una acertada forma de contar lo que se quiere expresar. Además, aparte de una bella representación de la vida y su aceptación, El erizo posee una agradable defensa de determinados valores como el amor y la cultura frente al dinero y la alta posición social, que son tiernamente expuestos ante el público gracias a las destacables interpretaciones de todos y cada uno de los personajes principales. Quizá sobren algunas explicaciones excesivamente subrayadas en algunos momentos, pero en ningún caso molestan a la hora de disfrutar este apasionante debut de la francesa Mona Achache.
Sabía que Robert Bresson era uno de los directores más importantes de la historia del cine, y que Pickpocket era una de sus obras maestras, por lo que decidí dedicar poco más de una hora a echar un vistazo a dicha película, y la verdad es que un servidor se vio ligeramente decepcionado. La primera mitad de la película se hace aburrida, a lo cual contribuye de forma extraordinariamente poderosa la pésima interpretación de los actores. Hay momentos en los que se puede apreciar cómo están leyendo un papel que tienen delante y que queda oculto a la cámara. Uno tiene la sensación de que los personajes han desaparecido y que no hay tales, que simplemente estamos viendo un guión. Y es que por lo visto, esta anulación de los personajes era intencionada por el propio Bresson, supongo que porque era algo de lo más vanguardista. Pickpocket cuenta la historia de Michel (Martin LaSalle), un carterista que se desenvuelve por las calles y el metro de París. A este personaje se le puede encontrar cierto parecido con el que 17 años después nos encontraremos en Taxi Driver, Travis Bickle. Ambos son personas solitarias, ambos escriben un diario, y ambos están disconformes con la sociedad en que les ha tocado vivir, y pretenden cambiarla de uno u otro modo. La película empieza a dejar de hacerse pesada en la segunda mitad, cuando la cámara nos muestra cómo Michel escoge a quiénes va a robar y les birla la cartera de forma absolutamente cantosa para el espectador pero, entendemos, discreta para el ladrón y su víctima. Se trata, quizá, sencillamente de que podamos apreciar qué movimientos exactos hace Michel para lograr su cometido, y la verdad es que resulta de lo más interesante. Es posible que no la viese en el mejor momento, o que sencillamente soy demasiado tonto para entenderla en su plenitud, pero creo que Pickpocket es un filme sobrevalorado que únicamente se salva por la preciosa música de Jean-Baptiste Lully. Tendré que ver más filmes del autor, Un condenado a muerte se ha escapado, por ejemplo.
La historia consiste básicamente en una mujer llamada Nana (Anna Karina) que necesita dinero y para conseguirlo empieza a ejercer de prostituta. Siendo un film de Godard, estamos ante una película en la que importa más el cómo se cuenta que lo que se cuenta. Si Al final de la escapada era rompedora en su forma, en Vivir su vida Godard vuelve a destrozar y a hacer pedazos las convenciones del cine, y mediante una serie de encuadres horribles y planos feísimos nos cuenta una historia dedicada a las películas de serie B. ¿Podríamos imaginarnos una conversación articulada con los personajes de espaldas? Pues Godard en esta película lo hace. ¿Y unos planos que capturan el cogote de los personajes desde un ángulo antiestético? Pues Godard en esta película lo hace. ¿Y unos movimientos de cámara injustificados? Pues Godard en Vivir su vida mueve la cámara cuando le da la gana y porque le da la gana. No obstante, hay que decir en beneficio del rey de la nueva ola, que salta a la vista que son errores de alguien que conoce las reglas del cine a la perfección. Decía Picasso que primero había que conocer las normas para después saltárselas. Pues bien, creo que en este sentido Godard es el Picasso del cine, puesto que él sabe cómo se debe hacer una película, qué normas hay que seguir y qué principios hay que aplicar, pero sencillamente no le da la gana aplicar ningún principio y seguir ninguna norma, haciendo en cine el equivalente de un Picasso en pintura. ¿Para qué vamos a respetar el raccord? Uno de los mejores elementos del filme es, aparte de la triste música que entra de vez en cuando, la preciosidad de Anna Karina, que fue, por cierto, mujer del propio Godard. Si para la obra representativa de la nouvelle-vague veíamos a una bellísima Jean Seberg, en Vivir su vida Anna Karina es quien nos deja boquiabiertos al mirar a cámara con esos ojazos. No así con su gracia para bailar, por cierto. Como no podía ser de otra forma en un cinéfilo empedernido como es Godard, los guiños al séptimo arte vuelven a estar presentes, y si en Al final de la escapada veíamos una cartelera que anunciaba la Hiroshima mon amour de Alain Resnais, en Vivir su vida vemos, aparte de una proyección de La Pasión de Juana de Arco de Dreyer (con la que el personaje de Nana guarda cierto paralelismo), la Jules et Jim de su compañero Truffaut. Pura nouvelle-vague.
Es 1616, y el pueblo flamenco de Boom se encuentra preparando una fiesta popular cuando sus gentes reciben la noticia de que van a ser asediados por los españoles, comandados por el Duque de Olivares. Mientras que los hombres, representando a la clase dirigente, se acojonan de miedo ante tal idea y empiezan a urdir planes tan absurdos como simular la defunción del alcalde, las mujeres deciden hacer frente a la situación por métodos más prácticos, tales como ser hospitalarios con los españoles y bienintencionados con ellos. Así, lo que los hombres no consiguen con la fuerza que se les presupone lo consiguen las mujeres con educación y hospitalidad, pues los españoles no les harán daño, y entablarán muy buenas relaciones con las mujeres de Boom.
La Kermesse heroica, de Jacques Feyder, es un ejemplo de película adelantada a su época. Las alusiones al sexo y el feminismo del que la obra hace gala así parecen atestiguarlo. Cuando la mujer interpretada por Françoise Rosay está arengando a las masas femeninas diciéndoles que no necesitan a los hombres para defenderse de la invasión española, puesto que ellas pueden hacerlo incluso mejor que ellos, uno tiene la sensación de estar viendo a una líder revolucionaria de la talla de Rosa Luxemburgo. Es en esta misma escena cuando una de las mujeres dice que los hombres sí son necesarios para…”tú ya me entiendes”, demostrando así Feyder que estaba bastante avanzado para la época en lo que a temática sexual se refiere. Por otra parte, siguiendo con la temática del sexo, cuesta creer que en 1935 alguien plantee la libertad sexual de la mujer del mismo modo en que la plantea Feyder en esta película. Aún a día de hoy, en pleno 2010, mucha gente se escandalizaría ante esa escena en la que la mujer de uno de los hombres del Ayuntamiento se acuesta con tres españoles seguidos: nada más salir de la habitación de uno se va a la habitación de otro a tirárselo también, y luego repite la operación con un tercero. Mientras tanto el marido la va buscando. Además, el toque de racionalidad de la película está otorgado a las mujeres, quedando el de estupidez e infantilismo relegado al ámbito masculino. Es la madre de la chica la que le anima a que se case con quien quiere, por ejemplo. Es conocido que Jacques Feyder, belga, era un ferviente admirador de la cultura española, especialmente de la época que se ve reflejada en la película. Del mismo modo, le interesaba la pintura hispanoflamenca, por lo que no es raro ver referencias en La kermesse heroica: cuadros de Rubens, encuadres que recuerdan a La Rendición de Breda, etc.
Al igual que a Robert Bresson, hay quien ha metido en el saco de los directores malditos al director de El salario del miedo, Henri-Georges Clouzot. Ambos empezaron en los 40’, cuando Europa estaba sumida en la II Guerra Mundial, y colaboraron con los nazis para potenciar el cine nacionalsocialista. No obstante, el cine que hicieron no gustó en absoluto a los nazis y, por si esto fuese poco, al llegar de nuevo la democracia a Francia sus películas fueron prohibidas, ya que mostraban asesinatos y crímenes (y prostitución en el caso de Bresson). Además, cuando volvieron a hacer cine ya estaban alejados del cine de calidad, y no fue hasta los años 60’ cuando se les empezó a apreciar.
El salario del miedo se ambienta en una ciudad de un país latinoamericano en la que gobierna el hambre y la miseria. No hay trabajo, y la gente hace lo que sea para ganar dinero y conseguir algo que llevarse a la boca. Un día, una compañía petrolífera precisa transportar una ingente cantidad de nitroglicerina a una obra, para lo cual es conveniente contratar a muertos de hambre sin familia que realicen ese peligrosísimo trabajo que sólo alguien extremadamente desesperado (como es el caso de los protagonistas) aceptaría. Así, los jefes de la compañía encuentran en el pueblo donde se desarrolla la historia la cantera perfecta de donde sacar a sus hombres. Serán cuatro los que vayan: Mario (Yves Montand), Jo (Charles Vanel), Luigi (Folco Lulli) y Bimba (Peter van Eyck), repartidos en dos camiones.
A lo largo de la película vemos cómo las relaciones de subordinación y dominio van cambiando. Así, mientras que en un principio Jo aparecía como el hombre que partía el bacalao en el pueblo, a la hora de la verdad, cuando se trata de transportar todos esos kilos de nitroglicerina, demuestra ser un cobarde sin agallas que se caga de miedo. Esta película de Clouzot bien podría ser una metáfora del trabajo en la que mostrar que, en el capitalismo avanzado, el riesgo que en teoría debería ser asumido por el empresario es en realidad asumido por el trabajador, lo cual no es ninguna tontería, puesto que la forma en que el director nos presenta al dueño de la compañía petrolífera, Bill O'Brien (William Tubbs), no invita a que nos parezca una persona de nuestro agrado, precisamente: sólo el hecho de que quiera contratar muertos de hambre cuya muerte nadie va a lamentar para realizar el trabajo nos da una idea de qué tipo de persona es, así como la forma en que despacha a la madre de un trabajador al borde de la muerte a causa de un accidente laboral.
Con un Yves Montand que en su representación de Mario recuerda ligeramente a Bogart, hay quien ve en esta obra de Clouzot pequeños retazos de reivindicación de lo homosexual. No seré yo el que lo niegue, pues el beso que se dan Mario y Jo (no recuerdo exactamente qué personajes eran) en cierta ocasión bien podría atestiguarlo, pero de ser así, también creo que esa supuesta reivindicación queda sepultada por la propia trama de la película.
Para señalar algo erróneo del filme, creo que la historia en sí tarda en llegar. Nos tiramos mucho tiempo con la presentación de personajes y bien se podría haber cortado metraje inicial, evitando así los 140 minutos que dura la película. Y por supuesto, otro error garrafal es ese final tan estúpido y absurdo que se carga la película y que parece escrito a última hora con la intención de reírse del espectador. Quizá si hubiese estado mejor cuidado podría haber funcionado, pero tal y como aparece en la película es desastroso.
En 1973 la película de habla no inglesa ganadora de la estatuilla fue La noche americana, de François Truffaut. Es una de esas películas de cine dentro del cine, en la que el director hace su particular homenaje al oficio del séptimo arte mostrando todos sus entresijos y la forma en que los viven los distintos miembros del equipo, desde los eléctricos hasta el productor, pasando por los especialistas y el director. Así, vemos actores que están borrachos cuando tienen que rodar una escena y son incapaces de acordarse del texto, vemos miembros del equipo que se mueren en mitad del rodaje, y, por supuesto, también vemos cómo el director se convierte en un imán de preguntas a las que tiene que dar respuesta y otro tanto de problemas que tiene que solucionar.
De nuevo, Truffaut vuelve a fichar a Jean-Pierre Léaud, más crecidito ya que en Los cuatrocientos golpes, interpretando magistralmente a un actor con pretensión de ser estrella. Si tuviese que quedarme con dos momentos de la película, sin dudarlo me quedaría con esa escena en la que Truffaut muestra sus libros de cine: de Bergman, de Godard, de Buñuel, de Dreyer, de Bresson, etc. El otro momento que me puso la piel de gallina fue ese sueño del director (segurísimo que autobiográfico por parte de Truffaut) en el que se ve a sí mismo robando las fotos de una cartelera en la que se estrena Ciudadano Kane. También es memorable esa reflexión que hace una mujer, que, si bien no recuerdo mal, era algo así como “dejaría a un hombre por una película, pero nunca a una película por un hombre”.
Al final de la escapada, de Jean-Luc Godard, se considera la cumbre indiscutible de la nouvelle-vague, ese movimiento cinematográfico surgido en torno a los críticos de Cahiers du Cinema que venía a poner patas arriba el cine francés hecho hasta entonces. Su director, más maoísta que el propio Mao, era el más radical y transgresor en su realización, y de esto se puede dar fe tras haberle echado un vistazo a Al final de la escapada. En ella, Michel Poicard (Jean-Paul Belmondo) es un sinvergüenza imitador de Bogart que va a París a cobrar un dinero (suponemos que sucio) que le deben. Para más INRI, en el camino mata a un policía, por lo que será buscado y se verá obligado a escapar continuamente de la justicia. La estancia en París la pasa en compañía de Patricia (Jean Seberg), una preciosa neoyorquina que vende el New York Herald Tribune por los Campos Elíseos para pagarse su matrícula en la Sorbona, y a la que Michel trata de convencer para que escape junto con él a Roma, todo muy romántico.
La producción se ve a simple vista que no contaba con mucho presupuesto, no hay más que ver esas tomas exteriores en las que la gente mira a la cámara, porque, ¡oh, sorpresa!, están asistiendo a un rodaje. El montaje de la película presenta cortes que no vienen a cuento, como ese en el que Michel, que tiene la jeta de denominarse a sí mismo como Laszlo Kóvacs, está con Patricia en el cuarto de baño de ésta, justo después de esa escena tan larga (puede que aburrida) de cama, en la que quizá aún sea demasiado pronto para que “se vea algo”. Como ya decimos, la película es muy de Godard, el más rompedor de los de la nueva ola, y Al final de la escapada en ese sentido también es muy rompedora, pero aparte de eso no tiene más interés. Hoy día diríamos que es una película mal hecha, de estudiante de primero.
Al protagonista de la película le reconozco el mérito de haber originado ese gesto tan sexy de acariciarse el labio inferior con el pulgar, gesto que más tarde copiaría Martini. Pero he de reconocer que, si el protagonista de una película no me cae bien, es difícil que trague dicha película. Es precisamente eso lo que me pasa con Michel Poiccard, que me cae mal, me parece el típico gilipollas que odiaría a muerte. Y ojo, esto no quiere decir, evidentemente, que sólo pueda con películas en las que los protas son “los buenos”, porque la verdad es que Paul y Peter de Funny Games, independientemente de sus fechorías, no caían mal al espectador.
Otros aspectos destacables de esta obra de Godard son sus guiños cinematográficos, tales como esa chica que vende ejemplares de la Cahiers du Cinema o ese cine con Hiroshima mon amouren cartelera. O también, sin ir más lejos, ese cameo del propio Godard. Por último, decir que, con esa música, da la impresión de que el director se está riendo de las películas policiacas, aunque conociendo a Godard, bien se podría estar riendo de todo y haciendo lo que le da la gana, que para eso es uno de los realizadores llamados a convertirse en amo y señor del celuloide.
Una de las obras que abrió la puerta de la nouvelle-vague francesa fue Los cuatrocientos golpes, de François Truffaut. Los cuatrocientos golpes nos cuenta la historia de Antoine Doiniel (Jean-Pierre Léaud), un chico a medio camino entre la infancia y la adolescencia que crece en un mundo de jerarquía, autoridad y castigo. Antoine es un chico desobediente y travieso, lo normal en un chico de su edad (de hecho, es un alter ego del propio Truffaut), que no sabe medir hasta dónde alcanzan los efectos de sus travesuras en la paciencia de los que viven a su alrededor. Como toda institución jerárquica y autoritaria, el entorno de Antoine sólo sabe responder a la violencia del niño con más violencia, generándose así un círculo vicioso del que difícilmente se puede salir, y que siempre va a más. En este sentido, Los cuatrocientos golpes podría haber ejercido cierta influencia en If…, de Lindsay Anderson, película ya comentada en este blog donde veíamos a un grupo de chavales que, fusil en mano, decía NO a la disciplina inglesa. Truffaut en este caso dice NO a la disciplina de Francia, donde importa más la lengua francesa que las ciencias, donde lo importante es que el niño sea el primero de la clase, y donde la jerarquía está constantemente presente, tanto entre la relación de los alumnos con el profesor como en la de éste con el director.
A un servidor, y esto es ya una opinión personal, el aula de Doiniel le ha traído enseguida a la mente aquella habitación con pupitres en la que el profesor Immanuel Rath impartía clase en la película de El ángel azul, de Josef von Sternberg. Sobre todo en la clase de inglés, donde los alumnos tienen serios problemas con la pronunciación. Es también destacable el cameo de Truffaut en el parque de atracciones, y los preciosos planos callejeros que la cámara saca de los dos niños corriendo (Antoine y su amigo René). Antoine Doiniel (interpretado brillantemente por ese chico que seguirá junto a Truffaut en posteriores películas, y que también aparecía en la también comentada en este blog Pocilga de Pasolini) es ese niño que mentía porque, si decía la verdad, no le iban a creer; es ese niño que se rebela contra la atmósfera opresiva que le ata de pies y manos y no le deja vivir; es ese niño que corre y corre, tratando de llegar al mar. Los cuatrocientos golpes, preciosa e imprescindible.
Con su última película, El Escritor, basada en la novela The Ghost de Robert Harris, Roman Polanski se ha portado pero que muy bien. Este thriller apasionante cuenta la historia de un escritor (Ewan McGregor) a quien le encargan escribir las memorias del ex-Primer Ministro del Reino Unido, Adam Lang (Pierce Brosnan), tras haber muerto el anterior “negro”. A medida que el escritor vaya investigando sobre la vida de Lang, irá descubriendo datos que le relacionan con la captura ilegal de supuestos terroristas talibanes para entregárselos a la CIA y someterles a torturas.
Como ya digo, la película es bastante notable en general: en ningún momento cae en topicazos y la práctica totalidad de los actores cumplen, destacando sobre todo Brosnan. Pero tras un primer visionado, uno tiene la sensación de que hay ciertas cosas que únicamente aparecen en la trama para jugar con el espectador y liarle un poco, y en ese sentido podríamos hablar de cierta “trampa”. Pero en fin, nada que no se solucione volviéndola a ver. En cuanto a la música de Alexandre Desplat, algunos podrían calificar de timburtoniana y ayuda sobremanera a meternos en la atmósfera del filme. Para terminar, decir que tardaremos mucho tiempo en volver a ver un fuera de campo tan elegante y perfecto como el que sale en esta película. Ahí lo dejo.
En 1966 el francés Claude Lelouch se lleva la Palma de Oro en el Festival de Cannes con Un hombre y una mujer, protagonizada por Jean-Louis Trintignant y la guapísima Anouk Aimée. En esta película asistimos a la relación entre un piloto de rallies y una script de cine, donde nace una historia de amor que bien podría verse reflejada en sus respectivos hijos. Ambos son viudos. Él perdió a su mujer a causa del suicidio de ésta; y el marido de ella, que era actor especialista para escenas de riesgo, falleció en un rodaje por accidente. El hombre y la mujer tendrán que rehacer su vida a pesar de los golpes que ésta les ha propinado, lo cual será más fácil para él que para ella, pues aún tiene reciente el recuerdo de su marido, quien le viene a la mente al practicar sexo con el piloto.
Un hombre y una mujer es un clásico del cine romántico, una hermosísima y tierna historia que deja patente la fuerza que el amor puede ejercer en ocasiones. ¿Acaso si no tiene fuerza puede considerarse amor? En Un hombre y una mujer somos testigos de esas incertidumbres y comidas de olla que, tanto hoy en día como en 1966, asaltan a cualquier enamorado o enamorada, y se nos muestra también lo necesario de tirar para delante cuando la vida nos da la espalda por la pérdida de la persona amada, por muy difícil que sea. Claude Lelouch nos cuenta esta historia, y nos la cuenta bien. Quiero decir, que podría haberse ahorrado mostrarnos las imágenes de lo que sucede con la pareja de cada uno de los protagonistas a base del diálogo de ellos, pero no lo hace. En su lugar nos muestra con imágenes lo que pasó, tal y como debe hacer un buen cineasta: contar las cosas con imágenes, y no con parrafadas de los personajes. Puede parecer lenta para algunos, y quizá aburrida para muchos, pero eso será porque no están enamorados, no lo suficiente.
En 2001 el austríaco Michael Haneke (autor de la potente Funny Games) volvió a sorprender al mundo con su película La pianista, basada en la novela homónima de Elfriede Jelinek. En ella vemos a Erika (Isabelle Huppert), una estricta y severa profesora de piano con una aparente recta moral muy puritana y de semblante serio, pero que, pasados unos minutos de filme, nos muestra un detalle de su personalidad que nos choca de forma estridente, y es su forma de entender el sexo y de practicarlo. Junto con su alumno Walter (Benoît Magimel), la profesora irá explicando lo que le excita, lo cual es imposible que deje indiferente al espectador.
Como no podía ser de otra forma en Haneke, la violencia vuelve a estar presente, esta vez teñida de una atmósfera sexual, lasciva y, en algunos momentos, desagradable. Es estupendo el contraste representado por el ambiente social en el que Erika se mueve (clase media-alta, con alto nivel cultural) y las apetencias sexuales de ésta, que son de lo más banales y repulsivas. Estupenda también es la interpretación de Huppert en el papel de la profesora, que bien le mereció el premio a la mejor actriz en el festival de Cannes.
La película seleccionada para representar a Francia en los Óscar del 7 de marzo es Un profeta, de Jacques Audiard. Malik El Djebena (Tahar Rahim) es condenado a seis años de cárcel. Allí, los mafiosillos de la prisión le hacen un encargo: debe asesinar a un preso llamado Reyeb (Hichem Yacoubi); de lo contrario ellos le matarán a él.
Así es como a mí me gusta que empiecen las películas: fuerte. Creo que Un profeta sabe enganchar al espectador desde el principio y obligarle a que no aparte su mirada de la pantalla. El director, a través de una trama carcelaria, nos cuenta una historia de jerarquía, de poder, de gángsters, en la que, como bien reza una crítica que el filme ha recibido, “Audiard realiza su Padrino”. No obstante, también hay que decir que el malo malísimo César Luciani (Niels Arestrup) no le llega ni a la suela de los zapatos a don Vito Corleone. No termino de creérmelo del todo, no sé por qué, pero sospecho que es porque me recuerda demasiado a Marc Ostarcevic. Otra cosa que también me ha chirriado ligeramente es que Tahar Rahim no me pega para un chico de 19 años (al principio de la película, luego cuando crece sí), pero esto ya es por ponerme quisquilloso, porque lo cierto es que el tío clava su interpretación. Son también destacables las escenas oníricas que giran en torno a Malik.
He de confesar que hasta ahora no había visto nada de Audiard, pero tras ver esta película le apunto en mi lista de directores a estudiar, pues, sinceramente, me parece que su película es mejor que La cinta blanca de Haneke. Éste ya arrasó en los Premios del Cine Europeo, en el que Un profeta también iba como una de las favoritas. Veremos quién se lleva el Óscar a la mejor película de habla no inglesa.