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sábado, 27 de noviembre de 2010

EL CREPÚSCULO DE LOS DIOSES, Billy Wilder (1950) [8,5/10]

En 1950 el maestro de maestros Billy Wilder dirigió una de las mejores películas de todos los tiempos, en la que se muestra hasta qué punto afecta la decadencia de una persona cuando ella misma se niega a reconocer que está acabada. Para ello, el director echa la vista atrás hasta regresar a ese importantísimo punto de inflexión en la historia del séptimo arte que constituyó el paso del mudo al sonoro. Muchas estrellas del cine mudo como Gloria Swanson o Buster Keaton se apagaron por no haber sabido o por no haber podido adaptarse al nuevo registro. Malas voces y sobreactuación fueron sólo algunas de las causas por las que aquellas preciosas caras sin voz se vieron abocadas al más triste de los olvidos. Las películas se habían hecho pequeñas, y estrellas de su tamaño ya no cabían en ellas. Era El crepúsculo de los dioses.

La película es una obra atemporal en el sentido de que transmite una nostalgia de tal envergadura que puede ser sentida por cualquier persona de cualquier época. Pena y lástima es lo que sentimos al ver a la que en otro tiempo fue la gran Norma Desmond (Gloria Swanson) seguir inmersa en su ficticio mundo donde sigue siendo una gran estrella aún adorada por el público.

La película está cargada de elementos que vienen apoyando esa especie de crítica que Wilder hace al cine sonoro a través de Norma Desmond, como por ejemplo ésta es golpeada levemente por un micrófono en un rodaje, o cuando vemos cómo dos rubias están riéndose sin motivo aparente mientras hablan por teléfono, instrumento puramente sonoro y nada visual, por otra parte.

Aparte de la más que placentera sensación que supone ver al dúo Swanson-Holden sujetando los papeles principales, es tanto más gratificante contemplar cómo otros dinosaurios de la talla de Eric von Stroheim, Buster Keaton o Cecil B. DeMille entre otros, desfilan por la pantalla. Los pelos del brazo no pueden a uno sino erizársele, y la obra invita además a investigar acerca de la historia del cine.


lunes, 10 de mayo de 2010

STRÓMBOLI, TIERRA DE DIOS, Roberto Rossellini (1950) [6'8/10]

La historia comienza en un campo de concentración en la Italia de posguerra, en 1948. Aquí está Karin (Ingrid Bergman), quien quiere irse de allí cuanto antes, pero el permiso le es denegado por no tener dinero para partir. La única forma de hacerlo es casándose con Antonio (Mario Vitale), un soldado, con quien se va a vivir al pueblo de éste, Strómboli. Lo que Karin no sabe es que ha salido de un campo de concentración para meterse en otro, pues ya desde un principio vemos que Antonio no es del todo una persona de fiar. Pero eso ahora a Karin no le importa, quiere salir de ahí como sea. Al llegar a Strómboli la mujer se da cuenta de lo poco a gusto que va a estar: Strómboli es un viejo pueblo de pescadores semiabandonado, con la constante amenaza de los volcanes de alrededor. Incluso la gente que vivía allí se marchó porque no aguantaba más, ¿cómo va a poder Karin resistirlo aún sin estar acostumbrada?

Karin tratará de encontrar consuelo en el cura del pueblo, que únicamente le dice que tiene que sufrir, aguantar, humillarse y rezar. Únicamente le pide paciencia, no le da soluciones. La incomunicación que siente Karin es total, viéndose reflejada en su máximo esplendor cuando le suplica al niño que le hable, que le diga algo. Karin tratará de adaptarse a su nueva vida, pero cada vez le es más difícil: malas miradas de los vecinos, celos de su marido, etc.

Creo que en el personaje de Karin puede rastrearse la figura de Jesús. La mujer pasa todo un calvario. Desde el principio hasta el final de la película va de mal en peor, teniendo únicamente un mínimo respiro cuando su marido no está y tiene tiempo para aderezar la casa, algo que, por cierto, no gusta a su marido cuando vuelve. El sufrimiento que va experimentando Karin llega a su clímax, y de nuevo aquí podemos encontrar en cierto modo la figura de Jesús, cuando, en la cima del volcán, invocando a Dios, dice, refiriéndose a los habitantes del pueblo, “no saben lo que hacen”.
Strómboli, tierra de Dios es una película interesante de Roberto Rossellini que, a pesar de que no es cien por cien neorrealista (usa actores profesionales, y es sabido que ya cuando se casó con Ingrid Bergman el director romano fue abandonando el neorrealismo), sí hay quien la mete en ese mismo saco por presentar algunas características similares. Aquí también la vamos a enmarcar dentro del Neorrealismo italiano.


lunes, 25 de enero de 2010

RASHOMON, Akira Kurosawa (1950) [7/10]

Llueve en la puerta de Rashomon, una lluvia torrencial, tanto que nos da la impresión de que la ciudad se encuentra bajo una cascada. En dicha puerta se encuentran un monje y un leñador, afirmando éste último haber presenciado algo terrible: la violación de una mujer y el posterior asesinato de su marido. A ojos de los hombres, este hecho es algo tan terrible que les hace perder toda confianza en la raza humana. De hecho, según se dice en la película, una vez hubo en la puerta de Rashomon un diablo, el cual huyó asustado por la maldad de los hombres.

Ése es precisamente el tema que Akira Kurosawa nos presenta en Rashomon: la maldad del hombre. ¿Cómo podemos confiar en un ser con tanta vanidad y egoísmo? ¿Es que nos queda alguna esperanza de encontrar en el ser humano algo de bondad o, por el contrario, ya está todo perdido y no hay más opción que aceptar las reglas de juego impuestas por la egoísta forma de ser del hombre? ¿Cuándo va a dejar de llover?

Excelente en su fotografía y aceptable en su interpretación, Rashomon nos ofrecerá cuatro versiones distintas del crimen presenciado por el leñador. La película, que se llevó en 1950 el Óscar a la mejor película extranjera, me ha gustado, pero he de ser sincero: la primera mitad, quizá porque era la hora de la siesta, se me ha hecho un tostón insufrible. No es hasta que nos enteramos de que el muerto también tiene una versión de lo sucedido cuando el filme logra realmente engancharnos. ¡Y vaya si nos engancha! Lo cierto es que esta obra de Kurosawa, a partir de la segunda mitad, mejora exponencialmente: desde la versión del muerto, pasando por la lucha entre los dos hombres por la mujer (¿o por la necesidad de mostrar su virilidad?), hasta el acto canallesco del otro hombre que le roba la ropa a un bebé con tal de resguardarse del frío. No obstante lo dicho, Kurosawa también nos enseña que, a pesar de estar el ser humano absolutamente inmerso en la maldad que él mismo crea, siempre encontramos a alguien que es bueno, y es entonces cuando el temporal amaina, y deja de llover.




PD: Hablando de Rashomon, dejo aquí un link que parece interesante: El efecto Rashomon.