
Carretera perdida nos presenta un tema muy similar al que en 2005 nos traerá Haneke con Caché. Un aparente feliz matrimonio recibe en su domicilio unas misteriosas y anónimas cintas de vídeo en las que aparecen imágenes del interior de su casa, incluso ellos aparecen durmiendo. Con esta premisa tan acojonantemente acojonante Lynch desarrolla una historia que invita al espectador, una vez más, a aceptar sus reglas, introducirse en su mundo y dejarse llevar por esos paisajes oníricos calcados de nuestros sueños, poblados por esos personajes tan terriblemente peculiares y sumergirnos en su atmósfera tan surrealista y opresiva.
El cara-bobo de Bill Pullman junto con la más que explosiva Patricia Arquette están a cargo de los papeles principales, desarrollando una interpretación más que correcta, pausada, como tiene que ser para una película de estas características. Y si a este combo le añadimos el tenebroso personaje interpretado por Robert Blake tenemos una preciosa película made in Lynch que, puestos a buscarle una temática concreta para acercarlo al cine convencional, parece tener mucho que decir con respecto a la industria del porno, aunque como ya digo, no creo que sea la principal intención del realizador.
Lynch tiene su universo propio, y eso le convierte en un director que, como mínimo, ha de ser tratado de usted. Hay quien señala que fue una pena que muriese el Lynch de El hombre elefante, y que el de Carretera perdida y Mulholland Drive puede irse a la porra. Es cierto, son dos directores completamente diferentes uno y otro, pero ambos, en mi humilde opinión estudiantil, realmente buenos, y eso es lo que convierte a David Lynch en uno de los grandes del séptimo arte: su capacidad para hacer películas buenas, independientemente de su temática o estructura, cine a secas, sin etiquetas, historias de todos los colores y sabores realmente atractivas para el público.
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