Jonathan Zimmermann (Bruno Ganz) es un fabricante de marcos para cuadros con un pie en la tumba debido a una terrible enfermedad que padece. Cuando ya le quedan pocos meses de vida, Tom Ripley (Dennis Hopper) le hará conocer a un gángster que le ofrecerá la felicidad para su familia a cambio de que realice un pequeño trabajo. El homenaje que el alemán Wim Wenders realiza al cine estadounidense en una de las obras cumbre del Nuevo Cine Alemán como es El amigo americano no puede ser más notable y elegante. Basada en la novela Ripley’s Game de Patricia Highsmith, la película de Wenders resulta ser una historia de gángsters a la alemana que deja ver de forma clarísima la teta cinematográfica de la que ha mamado el director, hecho que no hace sino confirmarse con sólo ver que los directores Nicholas Ray y Samuel Fuller cuentan con un papel en la película. Wenders cuenta una bonita historia donde la amistad, el interés personal, el cariño y la tensión danzan en dulce armonía para regalarnos secuencias que se nos quedarán grabadas en la retina y ante las que no podremos sino mordernos las uñas.
Eva (Liv Ullman) y Viktor (Halvar Björk) son un matrimonio que vive en la vicaría del pueblo del que Viktor es pastor. Con ellos vive Helena (Lena Nyman), hermana de Eva, quien padece una terrible enfermedad que le impide desplazarse por sí misma y articular palabra. Tras la muerte de Leonardo (Georg Løkkeberg), un amigo de Charlotte (Ingrid Bergman), la madre de Eva; ésta va a pasar unos días con su hija, a quien no ve desde hace siete años. Lo que empieza como un feliz reencuentro entre madre e hija desemboca en un duelo pasional donde errores del pasado vuelven a aflorar entre ambas, dando lugar a un emocionante drama que únicamente podía llevar la firma de un maestro del séptimo arte como es Ingmar Bergman.
El tema de la incomunicación, tan frecuente en el cine de Bergman, vuelve a salir a la palestra en Sonata de otoño, esta vez envolviendo la relación amor-odio entre una hija y su madre, cuyo éxito implica el fracaso de su hija. Esto se hace especialmente patente en el personaje de Helena, incomunicada con el mundo por definición, y además en una situación que no puede ser peor con respecto a la de su madre. Ingmar Bergman nos regala escenas sobrecogedoras donde toda la porquería que Eva estuvo tragando de niña para satisfacer a su egoísta y superficial madre rebosa, y estalla en forma de reproche y odio hacia Charlotte, poniendo al espectador los pelos de punta gracias a la genial interpretación del dúo Ullman-Bergman. Los larguísimos primeros planos cargados de emoción y tensión demuestran el buen hacer de esas dos maestras de la interpretación. Del mismo modo, son ciertamente espectaculares esos flashbacks en los que aparece entre otras cosas, en una disposición prácticamente teatral, Eva de niña, así como los silencios ensordecedores con los que el director nos obsequia en alguna que otra ocasión (véase la escena del piano).
Como es habitual en las películas del genio sueco, nos volvemos a encontrar con el mismo elenco de actores que en otras películas suyas, como es el caso de Erland Josephson (en el papel del padre de Eva) y Gunnar Björnstrand (como el agente de Charlotte), si bien su participación apenas se reduce a unos minutos. Del mismo modo, vuelve a estar al mando de la fotografía Sven Nykvist, quien ya se había estrenado en el color con Bergman en Pasión, y que al igual que entonces realiza un majestuoso trabajo de iluminación, especialmente en las escenas de la cama de hospital sobre la que Leonardo reposa.
Sabiendo que Sonata de otoño pertenecía a la última etapa de la filmografía de Ingmar Bergman, me dispuse a ver la película con la guardia alerta, especialmente tras haberle echado un vistazo a Gritos y susurros y Secretos de un matrimonio, películas también de esta etapa que más de uno podría tildar de coñazo insufrible. Cuál fue mi sorpresa cuando me encontré con esta preciosidad que atrapa y toca en lo más profundo del corazón, especialmente si uno conoce en su propia existencia casos similares o parecidos al que se plantea en Sonata de otoño.
Una de las películas más importantes del Nuevo Cine Alemán es Aguirre, la cólera de Dios, del también importante director germano Werner Herzog, firmante junto con Fassbinder y Wim Wenders del Manifiesto Oberhausen. La película se sitúa en el año 1560 para contarnos, a través del diario del cura Gaspar Carvajal (Del Negro), las experiencias que vive un grupo de misioneros españoles por la selva del Perú en busca de El Dorado. Tras unos días sin dar con su objetivo, un grupo especializado de ellos es encargado de encontrarlo por sí mismo, y si fracasan en su cometido abandonarán la misión. En este reducido grupo irán los soldados más valientes de la expedición, destacando el colérico e impulsivo Lope de Aguirre (Klaus Kinski). Werner Herzog nos cuenta una historia acerca de perseguir una utopía, costando sangre, sudor y lágrimas, y toda una cantidad de esfuerzos encaminados a lograr algo que creemos (y sólo creemos) que nos traerá la felicidad. Actuamos así más movidos por la fe que por otra cosa, y nadie puede hacernos cejar en nuestro empeño, ni siquiera la evidencia de que eso que buscamos es algo que a todas luces carece de sentido. La cinta posee planos largos y contemplativos, muy europeo, destacando sobre todo ese último giratorio en torno a la balsa en la que Aguirre se mantiene en pie. Es éste un peculiar personaje interpretado por un no menos peculiar actor, que, por lo visto, se llevaba a matar (literalmente) con Werner Herzog y no decía precisamente maravillas de él. No obstante, según tengo entendido, Herzog acabó por reconocer que en realidad era todo mentira, y el supuesto pique que había entre él y su actor fetiche tenía más de publicidad gratuita que de verdadero enfado. Sea como sea, no es importante ahora. Aguirre, la cólera de Dios fue la película que hizo que el nombre de Werner Herzog fuese conocido entre los amantes del cine, y quizá sea de las pocas obras que merece más la pena verla doblada que en versión original, porque eso de ver a españoles hablando un excelente alemán y chapurreando castellano no es serio.
En una abadía del norte de Italia están ocurriendo unos sucesos muy extraños. Uno de los abades ha fallecido en unas extrañas condiciones y se cree que el Diablo puede tener algo que ver. Guillermo de Baskerville y su pupilo Adso acuden al lugar para tratar de esclarecer lo ocurrido. En 1986 Jean-Jeacques Annaud adaptó al cine la conocida novela de Umberto Eco El nombre de la rosa. Para ello contó con Sean Connery en el papel de Guillermo de Baskerville y Christian Slater en el de Adso. Muy a mi pesar, no he leído la novela de Eco, por lo que no podré realizar un análisis de la película tal y como me gustaría, pero creo que aunque podría calificarse la historia de anticlerical, o por lo menos denunciante de lo que la Iglesia fue en su pasado, sobre todo por lo que atañe al tema de la Santa Inquisición (que de Santa tenía el nombre); quizá sea más correcto decir que estamos ante un relato que, más que criticar a tal o cual religión, sí pretende denunciar el absurdo intrínseco de éstas, así como de sus cimientos y razón de ser, y sobre todo reírse de ellas. Todo ello a través de una trama que cuenta con todos los ingredientes para convertirse en un best-seller invasor de estanterías de FNAC, aunque sin llegar a hablar de un Código da Vinci o un Millenium. Una de las cosas que más destacan en el filme es la forma en que el reparto cumple con creces su función, empezando por Sean Connery en el papel de ese Sherlock Holmes transportado al siglo XIV y pasando por Ron Perlman como el horripilante Salvatore, sin olvidarnos de F. Murray Abraham como terrible inquisidor. Ciertamente, la relación de Adso y su maestro recuerda irremediablemente a la de los personajes londinenses de Conan Doyle, Holmes y Watson, lo que en más de una ocasión aporta ligeros toques cómicos a una película cargada de misterio e intriga genialmente dirigida por Annaud, que en ningún momento decae y que consigue que no apartemos la mirada de la pantalla en ningún momento. Magnífica película, muy agradable de ver.
Harto de su situación laboral y económica, un obrero de una fábrica de jabones ha asesinado al hijo de su jefe y posteriormente se ha suicidado. La noticia ha sentado como un tiro a su viuda (Brigitte Mira), quien, lejos de encontrar apoyo en sus hijos, se ve sola y asediada por una horda de periodistas en busca de sensacionalismo y morbo. La viuda luchará contra viento y marea por limpiar el nombre de su marido y por explicar su situación económica y las razones que le llevaron a hacer lo que hizo. En El viaje a la felicidad de Mama KüstersFassbindernos muestra hasta qué punto la gente es capaz de ser extremadamente ruin con tal de favorecer sus intereses. La pobre mujer lo único que quiere es que se corrija la información ofrecida por los diarios de su marido, pero se encuentra con que aquellos que en teoría la pretenden ayudar únicamente están utilizándola: los periodistas desde el momento en que mienten acerca de su marido para ofrecer sensacionalismo y ganar dinero, el partido comunista para ganar votantes, y el grupo de afinidad anarquista para llevar a cabo una acción contra la revista. Del mismo modo, el maestro alemán pone de vuelta y media a la gente del mundo del espectáculo, representada por la hija de la señora Küsters (Ingrid Caven), quien está dispuesta a dejar manchado el nombre de su padre si con ello logra éxito en su carrera como cantante. Para esta película Fassbinder vuelve a contar con la actriz Brigitte Mira, quien también participa en otras películas del prolífico director como Todos nos llamamos Alí y Lili Marleen. En definitiva, con esta película, el director vuele a dar una vez más en el centro de la diana cuando de criticar a la sociedad que le rodea se trata. Genial película.