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miércoles, 27 de julio de 2011

PERDICIÓN, Billy Wilder (1944) [8,6/10]



Una de las obras cumbres y fundacionales del cine negro es Perdición, dirigida por Billy Wilder y escrita junto con Raymond Chandler basada en una novela de James M. Cain.
Perdición trae a escena a una Barbara Stanwyck convertida en la femme-fatalle más temible de la Historia del Cine. Su víctima es Fred MacMurray, un vendedor de seguros con quien la mujer se compincha para cargarse a su marido y cobrar el dinero del seguro. Pero las cosas se torcerán, y para cuando MacMurray quiera enderezarlas, quizá sea ya demasiado tarde.
Al igual que volverá a demostrar posteriormente con peliculones como El crepúsculo de los dioses o Testigo de cargo, Billy Wilder, el maestro de la comedia, nos sumerge en la más absoluta de las tensiones y nos ata a la pantalla para obligarnos a presenciar una historia de decadencia, de vicio y de descenso a los infiernos de aquella corrupta sociedad que tan bien supo retratar el cine negro clásico.
La magistral dirección de Wilder queda patente desde el momento en que, a pesar de que el enamoramiento de Fred MacMurray por Stanwyck carece de toda lógica, al espectador no le importa lo más mínimo y pasa a quedar completamente hipnotizado por la tenebrosa luz negra que John F. Seitz se encargó de imprimir a la película y las imágenes que nos regaló Wilder en Perdición, toda una joya del séptimo arte.


martes, 5 de abril de 2011

TESTIGO DE CARGO, Billy Wilder (1957) [9/10]

Hablar de Billy Wilder es hablar de palabras mayores, y debe hacerse a sabiendas de que no se está hablando de un cualquiera, sino de uno de los más grandes cineastas que nos ha brindado el séptimo arte. Habiendo realizado ya algunas de las joyas que han quedado enmarcadas en la vitrina de los trofeos de la Historia del cine, como El crepúsculo de los dioses o Perdición, en 1957 Billy Wilder lo volvió a hacer: volvió a hacer magia, volvió a demostrar que el cine era un arte, volvió a dejar patente que él era único, y que era el mejor. En definitiva, volvió a dirigir una película, la cual llevaba por nombre Testigo de cargo y estaba basada en una obra de Agatha Christie.


Testigo de cargo es una joya que lo tiene todo. En primer lugar tiene un guión brillante, medido al milímetro, que no se permite la osadía de dejar un solo cabo suelto, que está escrito por el propio director en colaboración con Harry Kurnitz y que reserva para el final un triple salto mortal que acaba por conseguir meterse al público en el bolsillo definitivamente. Cada escena se cierra a la perfección y logra mantener el ritmo con una capacidad asombrosa.


En segundo lugar, Testigo de cargo es una de esas películas que explica la sociedad, que habla de la sociedad con una maestría y una elegancia tales que cuesta creer que haya sido realizada por un ser humano. Wilder nos cuenta una historia acerca de la justicia, de la ley, del bien y del mal, de la cantidad de canallas que hay sueltos por el mundo dispuestos a lo que sea por dinero. Y también por amor. Testigo de cargo es, por todo ello, una película casi perfecta.


Cuentan que Alfred Hitchcock una vez dijo que, en el rodaje de una película, no se podía trabajar ni con niños, ni con animales, ni con Charles Laughton. Pues bien, ignorando si es cierto que Laughton era una persona intratable en los rodajes, es preciso señalar que en Testigo de cargo hace todo un papelón, interpretando a uno de esos personajes que en contadísimas ocasiones ves y que no se te olvidan en la vida. Sir Wilfrid Roberts constituye uno de los personajes más originales y carismáticos que me he encontrado en una pantalla en mucho tiempo, y cada una de sus frases es digna de enmarcar para la posteridad, algo que, de nuevo, vuelve a dar fe del excelente guión sobre el que se asienta esta obra maestra que es Testigo de cargo, película que invita a reflexionar en torno al hecho de que Billy Wilder haya pasado a la Historia como el maestro de la comedia (películas como El apartamento o Con faldas y a lo loco prueban que él, y no otro, es el único e indiscutible maestro de la comedia), siendo que muchas de sus más grandiosas obras constituyen auténticos dramas.


sábado, 27 de noviembre de 2010

EL CREPÚSCULO DE LOS DIOSES, Billy Wilder (1950) [8,5/10]

En 1950 el maestro de maestros Billy Wilder dirigió una de las mejores películas de todos los tiempos, en la que se muestra hasta qué punto afecta la decadencia de una persona cuando ella misma se niega a reconocer que está acabada. Para ello, el director echa la vista atrás hasta regresar a ese importantísimo punto de inflexión en la historia del séptimo arte que constituyó el paso del mudo al sonoro. Muchas estrellas del cine mudo como Gloria Swanson o Buster Keaton se apagaron por no haber sabido o por no haber podido adaptarse al nuevo registro. Malas voces y sobreactuación fueron sólo algunas de las causas por las que aquellas preciosas caras sin voz se vieron abocadas al más triste de los olvidos. Las películas se habían hecho pequeñas, y estrellas de su tamaño ya no cabían en ellas. Era El crepúsculo de los dioses.

La película es una obra atemporal en el sentido de que transmite una nostalgia de tal envergadura que puede ser sentida por cualquier persona de cualquier época. Pena y lástima es lo que sentimos al ver a la que en otro tiempo fue la gran Norma Desmond (Gloria Swanson) seguir inmersa en su ficticio mundo donde sigue siendo una gran estrella aún adorada por el público.

La película está cargada de elementos que vienen apoyando esa especie de crítica que Wilder hace al cine sonoro a través de Norma Desmond, como por ejemplo ésta es golpeada levemente por un micrófono en un rodaje, o cuando vemos cómo dos rubias están riéndose sin motivo aparente mientras hablan por teléfono, instrumento puramente sonoro y nada visual, por otra parte.

Aparte de la más que placentera sensación que supone ver al dúo Swanson-Holden sujetando los papeles principales, es tanto más gratificante contemplar cómo otros dinosaurios de la talla de Eric von Stroheim, Buster Keaton o Cecil B. DeMille entre otros, desfilan por la pantalla. Los pelos del brazo no pueden a uno sino erizársele, y la obra invita además a investigar acerca de la historia del cine.


sábado, 28 de agosto de 2010

CON FALDAS Y A LO LOCO, Billy Wilder (1959) [8,5/10]

En 1959 el maestro Billy Wilder sorprende con una de las mejores comedias de la Historia del Cine como es Con faldas y a lo loco, protagonizada por el trío Lemon, Monroe y Curtis.
Jerry (Jack Lemon) y Joe (Tony Curtis) son un contrabajista y un saxofonista de una banda de música que apenas les reporta beneficios. Una mañana se enteran de que en Florida necesitan precisamente un contrabajo y un saxo para una actuación, con lo que si consiguen el trabajo podrían mejorar su situación económica. Pero hay una pega: lo que se necesitan son mujeres, porque la banda es femenina. Además, ocurre que los dos protagonistas han sido testigos de la matanza de San Valentín, por lo que se ven obligados a huir perseguidos por los mafiosos, y qué mejor forma de hacerlo que disfrazándose de mujeres e infiltrándose en la banda musical femenina rumbo a Florida.

A partir de aquí el genio Billy Wilder desarrolla una desternillante comedia que difícilmente conocerá parecido en otros filmes, donde vemos de lo que son capaces algunas personas con tal de conseguir algo de dinero en plena Depresión. En un primer momento puede parecer machista la representación que del comportamiento de la mujer protagonista, interpretada por la guapísima Marilyn Monroe, hace el realizador. No olvidemos que una de las principales metas en la vida de Sugar es casarse con un millonario, y que considera que un hombre le trata bien cuando le compra muchas cosas. No obstante, bien mirado esto se convierte más bien en una crítica precisamente a ese comportamiento, donde lo material cobra tanta importancia, y lo superficial parece ser lo único que cuenta.

Con faldas y a lo loco
constituye una clase magistral de lo que debe ser un buen guión, pues lo cierto es que nos encontramos ante una construcción perfecta. Es ingeniosísima la forma en que Wilder y I.A.L. Diamond articulan cada elemento de la historia para que esté en su sitio clavado. Nada sobra y nada falta, la historia funciona con la precisión de un reloj suizo y los personajes son creíbles y bordados al cien por cien. La excelente interpretación de los actores, destacando el fetiche de Wilder Jack Lemmon, pone la guinda para que esta obra sea considerada toda una joya del séptimo arte.

sábado, 23 de enero de 2010

EL APARTAMENTO, Billy Wilder (1960) [8/10]


He de reconocer que El apartamento es la primera película que veo de Billy Wilder. ¿Y qué decir de ella que no se haya dicho ya? Con razón se llevó el Óscar a la mejor película, entre otros.

El protagonista de El apartamento es C. C. Baxter (Jack Lemmon), un empleado de una importante empresa de seguros eficiente y trabajador, que encarna en su persona lo que debe ser un hombre que persigue el sueño americano. A juzgar por el jaleo que arma cada noche en su apartamento, los vecinos de Buddy piensan que éste es un ligón empedernido que está continuamente trayéndose a distintas chicas a “dormir” a su cama. Pero ya en el inicio de la película el espectador descubre la triste (y patética) verdad. Buddy no es en realidad ningún ligón, sólo es un pringado que presta su apartamento a sus superiores a modo de favor para que éstos lleven allí a sus queridas, y así de paso adquirir posibilidades dentro de la empresa para conseguir un ascenso. Un día Buddy es llamado al despacho de su jefe, el Sr. Sheldrake (Fred MacMurray), quien le pide también el apartamento para llevarse allí a su amante. Buddy, una vez más, tendrá que buscarse un plan alternativo para no aparecer por su apartamento hasta que su jefe haya terminado la faena. Se le ocurre invitar a un musical a Fran (Shirley MacLaine), la azafata de los ascensores del edificio donde trabaja Buddy. Pero descubrimos entonces que Fran es precisamente la querida a la que el Sr. Sheldrake iba a llevarse al apartamento de Buddy. A partir de aquí la historia nos atrapará y no nos soltará hasta pasada hora y media, a lo largo de la cual seremos testigos de malentendidos, situaciones cómicas y demás gags que nos harán reír y en muchos casos nos conmoverán.

El apartamento muestra el contraste entre lo que nos puede parecer una persona a simple vista y lo que esa persona es en realidad. Al contrario de lo que piensan sus vecinos, Buddy es un hombre sólo, que no tiene a nadie. Es un hombre del que todo el que puede se aprovecha, y que nos da bastante lástima. Diríamos de él que, de tan bueno que es, parece tonto. En esta película de Billy Wilder vemos cómo un hombre está renunciando a su dignidad con tal de acceder a un mejor puesto dentro de la empresa, y cómo, en realidad, con todas esas promesas de un ascenso y de un sueldo mejor, Buddy no está siendo más que la víctima de un chantaje. Un chantaje que muestra cómo sus superiores le tienen agarrado por sus partes a pesar de hacerle creer que está en una situación envidiable.

Magnífica en la música, El apartamento es una de esas películas obligatorias, en la que, y esto ya es una interpretación personal, la connotación sexual que las cartas adquieren es perfecta, y quizá en esta película se basó Buñuel para hacer Viridiana, donde se vuelve a respirar una atmósfera sexual en la partida a tres del final. Pero como ya digo, esto es sólo una interpretación personal.