La primera parte de la saga de Sherlock Holmes (parece que van camino de la tercera), dirigida por Guy Ritchie, cuenta con una trama que me atrapa y me lleva con ella, pero lo hace a marchas forzadas. Quiero decir, no me seduce, me obliga a ir con ella y no tengo más remedio que creérmela. Me sorprende, pero no me convence, por muchos flashbacks para tontos que utilice, o quizá precisamente a causa de ellos.
Las claves se le ofrecen al espectador en forma de diálogos tan ingeniosos como rápidos, siendo imposible digerirlos y ante los que uno se tiene que rendir, aceptando a pies juntillas lo que los guionistas dicen.
El fallo, por lo tanto, es más de guión que de otra cosa, porque lo cierto es que los actores hacen gala de unas aceptables interpretaciones, destacando un anti-heroico Robert Downey Jr en el papel del gran Sherlock Holmes.
Es digna de destacar también la fotografía de Philippe Rousselot, que retrata un Londres tan antiguo como irreal, en plena Revolución Industrial, en la que se desarrolla esta entretenida historia basada en el cómic de Lionel Wigram y que incluye conspiraciones, sociedades secretas y corrupción política.
Todos estos elementos hacen del Sherlock Holmes de Guy Ritchie una película tan entretenida como olvidable.
La película que le otorgó cierta fama al realizador griego Giorgos Lanthimos es Canino, filme hasta cierto punto reconocido internacionalmente y tan raro como incómodo de ver.
La idea de la que parte Lanthimos para desarrollar su historia es buena, pero quizá demasiado infantil, y Canino se me antoja como un producto hecho por quinceañeros más que como algo realizado por verdaderos profesionales.
Un matrimonio mantiene encerrado a sus tres hijos en una mansión de las afueras de la ciudad, impidiéndoles tener cualquier tipo de contacto con el exterior y con la realidad. Esta interesante premisa se torna de lo más aburrido cuando se pone de por medio la cámara de Lanthimos, haciéndose de agradecer únicamente los momentos de extrema violencia que sacuden de vez en cuando la pantalla y que nos desvelan de nuestro aletargamiento.
La interpretación de los actores deja muchísimo que desear, se agradecería un poco más de entusiasmo a la hora de hacer su trabajo, que está muy bien esa puñetera manía de los directores modernos de “no forzar al espectador” y “dejarle que saque sus propias conclusiones”, pero tampoco es plan de obligarle a poner él todo de su parte, porque entonces lo que tenemos es una película vacía y sin personalidad ninguna.
Con una puesta en escena sencilla y quizá simplona, Lanthimos se marca unos encuadres tan pretenciosos como mejorables, en una película cuyo valor más notable es la lectura política y social que de ella permite sacar.
Uno de los elementos que con más gusto se saborean a la hora de echarle un vistazo a Un tipo serio, de Joel y Ethan Coen, es su suave y ligeramente gris fotografía, la cual contribuye a crear una atmósfera tan amarga como insólita en la que se desenvuelve Larry Gopnik. Interpretado magistralmente por Michael Stuhlbarg, un reconocido actor de Broadway, Larry lleva una aparentemente feliz vida, tranquilo, con su mujer y sus hijos. Sin embargo un buen día, como quien no quiere la cosa, todo se le empieza a torcer y se verá obligado a afrontar diversas situaciones que le harán la existencia verdaderamente agobiante. Con un tono oscilante entre la comedia y el drama, la película parece hablar de la opresión a la que día a día es sometido el ciudadano de a pie por parte de los elementos que conforman su vida: religión, matrimonio, comunidad, familia, etc. Uno quiere pensar que, para ser feliz en una vida que le cansa, lo que quizá necesite sea mirar las cosas con otros ojos, con otra perspectiva, que le ayuden a tirar para adelante y seguir encontrando su sitio y su identidad. Siendo sensiblemente densa en su trama aunque sin llegar al aburrimiento, Un tipo serio está más cerca del drama que de la comedia, y no precisamente porque conmueva, sino porque apenas hace gracia.
Una de las operas primas más interesantes del 2009 fue El erizo, dirigida y escrita por Mona Achache, y basada en la novela La elegancia del erizo de Muriel Barbery. El erizo es una mirada a los débiles, a los tristes, a los invisibles, a los incomprendidos. A todos aquellos disconformes con el mundo pero resignados a vivir en él. Cuenta la historia de Paloma (Garance Le Guillermic), una inteligente y hasta cierto punto repipi niña que tiene la intención de suicidarse el día de su cumpleaños. La relación que establecerá con Renné (Josiane Balasko), la portera del edificio en el que vive; y el señor Kakuro Ozu (Togo Igawa), el nuevo vecino; nos irá descubriendo un conjunto de brillantes secuencias donde las reflexiones en torno a la aceptación de uno mismo y el enfrentamiento a la vida con las armas con las que se cuenta se irán sucediendo de un modo magistral gracias al buen hacer de su novel directora. Cada una de las líneas narrativas desarrolladas por los personajes está perfectamente hilada, con un elegante uso de la elipsis en más de una ocasión y una acertada forma de contar lo que se quiere expresar. Además, aparte de una bella representación de la vida y su aceptación, El erizo posee una agradable defensa de determinados valores como el amor y la cultura frente al dinero y la alta posición social, que son tiernamente expuestos ante el público gracias a las destacables interpretaciones de todos y cada uno de los personajes principales. Quizá sobren algunas explicaciones excesivamente subrayadas en algunos momentos, pero en ningún caso molestan a la hora de disfrutar este apasionante debut de la francesa Mona Achache.
Sam Cahill (Tobey Maguire) debe acudir al frente en la guerra de Afganistán, y el día antes de su partida sale de la cárcel su hermano Tommy (Jake Gyllenhaal), ocasión que la familia aprovecha para celebrar una cena. Ésta se desarrolla en un ambiente tenso, pues queda patente quién es el buen hermano que lucha por su país y quién es el malo, el delincuente que se ha pasado una temporada en la cárcel. Sam muere en la guerra en un accidente de helicóptero, y entonces Tommy se encargará de cuidar a sus hijas y a su mujer (Natalie Portman). Con el tiempo, y a medida que Tommy vaya pasando el rato con sus sobrinas y su cuñada, dejará de ser ese delincuente de poca monta y empezará de nuevo, conduciendo su vida por la senda del bien. Pero ocurre que Sam en realidad logró sobrevivir al accidente y fue secuestrado por los talibanes, y tras ser liberado por el ejército norteamericano regresa por fin a casa. Al llegar se encuentra todo muy distinto a cómo lo dejó, pues en cierto modo su hermano ha ocupado su lugar, y los papeles de hermano bueno y hermano malo se verán intercambiados.
Yo ya sabía de la existencia y conocía el argumento de la película de Susanne Biers, Hermanos, pero, no sé por qué razón, cuando vi anunciada Hermanos de Jim Sheridan no me acordé de ella, y he acudido al cine a ver la de Sheridan creyendo que iba a ver algo original, hasta que ha llegado la escena de la niña que no quiere abrazar a su padre porque se va a la guerra y me he acordado entonces de la de Biers. Ya sabía entonces lo que iba a pasar y he maldecido mi manía de no querer ver los tráilers.
La película habla de lo que la guerra puede llegar a hacer con un hombre. Nos enseña que en las guerras no sólo se muere de un balazo, sino que también matan sus secuelas psicológicas. Sam sobrevive a la guerra, pero cuando vuelve a casa no es la misma persona, aquella persona ya no está, ha muerto. Su mujer también es consciente de ello, y por eso lee la carta que le escribió él por si moría en la guerra. Está perfectamente interpretada por Macguire la locura que puede experimentar un hombre que, habiendo estado secuestrado por los talibanes mientras defendía a su país, no ha sido el centro del mundo, y le han olvidado. A este respecto también llama la atención el espectacular cambio de Sam, no sólo en el plano psicológico, sino también en el físico: tras la guerra nos encontramos con un Sam delgaducho, con ojeras y débil. Una de las cosas que menos me ha gustado ha sido la frialdad con la que la familia recibe a Sam. Se supone que ellos le creían muerto, y sin embargo está camino de casa. A efectos prácticos ha resucitado, como mínimo es para dar saltos de alegría en un mar de lágrimas de felicidad. Pues la película no me ha transmitido nada de eso.
Esta obra de Sheridan no está mal, aunque si he de ser sincero, de haber visto la película de Susanne Biers no hubiera acudido al cine a verla. Ahora tendré que ver la de Biers para decidir cuál es mejor de las dos.
La película seleccionada para representar a Francia en los Óscar del 7 de marzo es Un profeta, de Jacques Audiard. Malik El Djebena (Tahar Rahim) es condenado a seis años de cárcel. Allí, los mafiosillos de la prisión le hacen un encargo: debe asesinar a un preso llamado Reyeb (Hichem Yacoubi); de lo contrario ellos le matarán a él.
Así es como a mí me gusta que empiecen las películas: fuerte. Creo que Un profeta sabe enganchar al espectador desde el principio y obligarle a que no aparte su mirada de la pantalla. El director, a través de una trama carcelaria, nos cuenta una historia de jerarquía, de poder, de gángsters, en la que, como bien reza una crítica que el filme ha recibido, “Audiard realiza su Padrino”. No obstante, también hay que decir que el malo malísimo César Luciani (Niels Arestrup) no le llega ni a la suela de los zapatos a don Vito Corleone. No termino de creérmelo del todo, no sé por qué, pero sospecho que es porque me recuerda demasiado a Marc Ostarcevic. Otra cosa que también me ha chirriado ligeramente es que Tahar Rahim no me pega para un chico de 19 años (al principio de la película, luego cuando crece sí), pero esto ya es por ponerme quisquilloso, porque lo cierto es que el tío clava su interpretación. Son también destacables las escenas oníricas que giran en torno a Malik.
He de confesar que hasta ahora no había visto nada de Audiard, pero tras ver esta película le apunto en mi lista de directores a estudiar, pues, sinceramente, me parece que su película es mejor que La cinta blanca de Haneke. Éste ya arrasó en los Premios del Cine Europeo, en el que Un profeta también iba como una de las favoritas. Veremos quién se lleva el Óscar a la mejor película de habla no inglesa.
El otro día acudí al cine a ver Invictus, la última película de Clint Eastwood. Mi manía de huir (en la medida de lo posible) de los tráilers me hizo creer que iba a ver una película sobre Nelson Mandela con algo de rugby como trasfondo, pero lo cierto es que me encontré con todo lo contrario. Y ojo, no estoy diciendo que por eso me decepcionó, simplemente me sorprendió. He de decir, antes que nada, que desconozco la historia de Nelson Mandela, lo cual nadie sabe hasta qué punto me duele, pero era una película de Clint Eastwood, y había que ir a verla. Me queda, pues, pendiente informarme sobre Mandela y la cruzada del CNA contra el apartheid. Pero vayamos a lo que aquí nos ocupa: La película empieza con la salida del dirigente sudafricano (Morgan Freeman) de la cárcel y su posterior elección como Presidente del Gobierno. Al frente de Sudáfrica, Mandela verá en el equipo nacional de Rugby capitaneado por François Pineaar (Matt Damon) un referente sobre lo que debe ser un buen liderazgo con vistas a unificar al país. O mejor dicho, unificar a sus gentes, blancos y negros, porque lo cierto es que ese liderazgo habrá de ejercerse en un país en el que se está conviviendo con aquellos que años atrás despojaron a los negros de su humanidad y dignidad. A lo largo de los 134 minutos de metraje que tiene el filme, Eastwood nos obsequia con reflexiones interesantes y frases lapidarias de Mandela, pero creo que en las escenas finales del partido el director ha metido la pata. Eso de la cámara lenta para generar emoción (“¿entrará la pelota? ¿no entrará?”) está bien para las películas que echan en Antena 3 después de comer, pero coño, se supone que el amigo Clint es un director consagrado, y estamos ya en el 2010, esos recursos están muy vistos y se van quedando obsoletos, ¿no les parece? Y por cierto, ¿a qué viene eso de asustarnos con un posible atentado terrorista similar al de las Torres Gemelas de 2001? Un poco tramposo, ¿no? Y sin gracia. No sé, la peli está bien, pero vamos, no es nada del otro mundo. Una película más de Clint Eastwood.