En ella vemos a la mujer más guapa del mundo que ha caminado sobre la faz de la tierra, Audrey Hepburn, interpretar a Holly Golightly, una buscona amante de las joyas y el dinero que continuamente está a la caza de un ricachón a quien beneficiarse. No obstante, aparecerá en su vida el escritor Paul Varjak (George Peppard), y las cosas quizá empiecen a cambiar.
En Desayuno con diamantes nos encontramos ante una bastante correcta dirección, con unos grandísimos actores y una preciosa música de Henry Mancini que conforman un todo tan sumamente armónico y casi perfecto que llega incluso a disimular la falta de verosimilitud que rezuma la historia por los cuatro costados.
Y es que estamos ante un mito de la Historia del Cine en el que los personajes no evolucionan lo más mínimo, y cuando lo hacen, ocurre de manera rápida y disfuncional. ¿Porque qué es lo que le hace a Holly cambiar de opinión y de filosofía de vida al final de la película? ¿La parrafada que le suelta el bueno de Paul? Y esa es otra ¿cómo diablos puede alguien enamorarse de alguien como Holly? Estas serán sólo algunas de las preguntas que se irá haciendo al aventurero que decida echarle un vistazo a Desayuno con diamantes y que, lamentablemente, quedarán sin respuesta.
Sin embargo, la película funciona, deja una sensación grata. ¿Por qué? Quizá sea porque Hepburn era demasiado guapa, o porque Moon River es una de las canciones más bonitas que se han escrito, o porque, sencillamente, estas son las cosas que hace el cine americano, jugar con nosotros, engañarnos, y engañarnos bien. Hacer magia y fabricar sueños como nadie.

