
Carl Theodor Dreyer ya se consolidó como dinosaurio del cine con La Pasión de Juana de Arco (1928). Al igual que otro director también nórdico como Ingmar Bergman, Dreyer exploraba en sus películas los temas religiosos y filosóficos. De hecho, ambos directores, aún habiendo crecido en el protestantismo, se pasaron al catolicismo con el tiempo. Dreyer se caracteriza por una evolución hacia la búsqueda de lo abstracto en cada una de sus películas, tratando de quitar protagonismo al espacio para concedérselo a los conflictos que viven sus personajes.
Ordet (La palabra), basada en la obra teatral de Kaj Munk, posee uno de los finales más famosos de la Historia del Cine. En la película vemos una interpretación pausada de los actores, que rara vez se miran a los ojos (acercándose de ese modo a la espiritualidad), así como una práctica ausencia de música a lo largo de todo el filme. Ordet (La palabra) es una película lenta, lo cual, por supuesto, no quiere decir que no tenga ritmo, porque lo cierto es que lo tiene, y muy cuidado. Uno de los elementos que contribuyen a crear ese ritmo lento son esos larguísimos planos (a veces planos secuencia) en los que el realizador no corta. De ahí que la película, en más de una ocasión, nos recuerde más bien al escenario de un teatro en el que los actores se desenvuelven e interpretan su papel en el tiempo exacto que dura la obra.
También con una fotografía muy cuidada, Ordet (La palabra) de Dreyer es todo un manifiesto filosófico en el que se defiende que, más que decirse creyente, lo que cuenta es hacer las buenas acciones que de un verdadero creyente se esperan. Hay que ser una buena persona, amar al prójimo y ser más humilde, porque importan más los actos que la fe. Amén.
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