
De nuevo, Truffaut vuelve a fichar a Jean-Pierre Léaud, más crecidito ya que en Los cuatrocientos golpes, interpretando magistralmente a un actor con pretensión de ser estrella.
Si tuviese que quedarme con dos momentos de la película, sin dudarlo me quedaría con esa escena en la que Truffaut muestra sus libros de cine: de Bergman, de Godard, de Buñuel, de Dreyer, de Bresson, etc. El otro momento que me puso la piel de gallina fue ese sueño del director (segurísimo que autobiográfico por parte de Truffaut) en el que se ve a sí mismo robando las fotos de una cartelera en la que se estrena Ciudadano Kane. También es memorable esa reflexión que hace una mujer, que, si bien no recuerdo mal, era algo así como “dejaría a un hombre por una película, pero nunca a una película por un hombre”.
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