En 2008 Darren Aronofsky dirigió El luchador, una historia acerca de un luchador profesional venido a menos llamado Randy “The Ram” Robinson (Mickey Rourke) que trata de recuperar la vida de persona normal que dejó atrás para subirse al ring de la fama y el éxito. Es una muy bonita película, más minimalista y sencilla que Cisne negro, pero que, a mí por lo menos, me ha llegado más al fondo. Lo cierto es que en la realización es casi igual que el último filme de Aronofsky (de hecho lamento sobremanera no haber visto antes ésta que Cisne negro), y los planos semisubjetivos tomados desde la nuca y con cortes innecesarios entre medias vuelven a repetirse. Con un ya habitual tono amargo, desesperanzador y triste, Aronofsky vuelve a hablar del éxito y el fracaso, y de su relación con la soledad y la fama, objetivo que en gran parte viene logrado por la nada desdeñable interpretación de Mickey Rourke. El luchador reflexiona en torno al cambio personal, hasta qué punto se está a tiempo de llevarlo a cabo o ya, sencillamente, es tarde para intentar cambiar nada y hay que aceptarse como lo que uno es. Una buena película que, aunque no supera el que considero el mejor trabajo de Aronofsky: Réquiem por un sueño, no deja indiferente y consigue mantenerte pensando en ella tiempo después de haberla visto.
Una compañía de ballet va a desarrollar una representación de El lago de los cisnes, para la cual se precisa a una bailarina capaz de interpretar tanto al cisne blanco como al cisne negro. La dulce e inocente Nina (Natalie Portman) es una de las favoritas cuando de encarnar al cisne blanco se trata, pero el hecho de que la sensual y explosiva Lily (Mila Kunis) sea la perfecta para dar vida al cisne negro generará una rivalidad entre ambas que, sumada a las presiones del estricto director de la pieza (Vincent Cassel), acabarán por forzar a la adorable Nina a sacar su lado más oscuro. Winona Ryder en el papel de una antigua bailarina retirada y Barbara Hershey como la exigentemadre de Nina, completan el reparto de Cisne negro, hasta la fecha la obra más madura de Darren Aronofsky.
Tal y como es habitual en sus películas, Aronofsky vuelve a relativizar el éxito, porque obliga a sus personajes, una vez en la cima, a sufrir hasta ser conducidos al másabsoluto de los fracasos, y en este sentido la Nina de Cisne negro no es menos. El espectador es forzado a acompañar a la protagonista a lo largo de su particular yartístico descenso a los infiernos de la perfección, perseguida por sus propias obsesiones, las cuales encuentran en la belleza –algo con lo que el ballet está sin duda muy relacionado- el mejor caldo de cultivo para salir a flote y desenvolverse de manera incontrolada en forma de drama psicológico.
Con un impactante sentido visual ayudado por la impecable fotografía del ya habitual en las películas de Aronofsky, Matthew Libatique; la cámara pasa a convertirse en un bailarín más de este sensacional ballet que constituye Cisne negro. El director hace gala de interesantes, aunque en cierto modo previsibles, juegos visuales posibilitados por la presencia de espejos en el lugar de ensayo de las bailarinas, algo que también le permite explotar la idea del doble de forma realmente majestuosa.
Ya desde su debut con Pi (fe en el caos), Aronofsky apostaba por lograr una atmósfera propia, que le permitiese adueñarse de un universo al que estamparle su firma y hacerlo reconociblemente suyo a ojos del público. En el caso de Cisne negro, la particular atmósfera que el director logra es triste hasta la extenuación, hasta el punto de que incluso los momentos de mayor alegría resultan terriblemente amargos y desesperanzadores, y la única válvula de escape que parece quedar es la de la locura.
Uno de los pilares principales encargados de sostener esta obra de Darren Aronofsky es la interpretación de Natalie Portman, la cual, al igual que sus compañeros de reparto (increíble Vincent Cassel), cumple su función con creces, regalándonos escenas que realmente ponen los pelos de punta y que dan fe de que nos encontramosante una de las mayores profesionales que existen actualmente en Hollywood.
Sin embargo, donde la película falla ligeramente es en el momento en que se pasa de efectista y juega demasiado al despiste con el espectador, cuando éste ya está cansado de juegos y realmente quiere conocer qué es lo que está ocurriendo con Nina.
Tras su sorprendente Pi (fe en el caos), Darren Aronofsky volvió a las andadas con una de las películas más importantes de los últimos años como es Réquiem por un sueño, basada en la novela de Hubert Selby Jr. y escrita junto con él.
En Réquiem por un sueño, Aronofsky eleva a la sociedad contemporánea a lo más alto del éxito para dejarla caer y mostrar ante nuestros ojos cómo se destroza en mil pedazos tras un violento impacto contra el suelo. La película es un durísimo, aunque quizá sobreactuado, puñetazo en el estómago de la sociedad del espectáculo, de la cultura de la imagen extravagante, y del pomposo sueño americano en definitiva. Réquiem por un sueño es una interesante película sobre las adicciones que cuenta con un apetecible reparto encabezado por Jared Leto, Jennifer Connelly y Ellen Burstyn. En ella, al igual que en su anterior largometraje, Darren Aronofsky vuelve a hacer gala de un uso del montaje muy particular, siendo que determinadas escenas están prácticamente calcadas de Pi (fe en el caos), lo que hace que, si bien en esta última la pretenciosidad decíamos que se encontraba en la temática, en Réquiem por un sueño se traslada a la realización, volviendo a mostrarnos tomas recogidas a partir de una cámara pegada al cuerpo de un actor o pantallas partidas donde no son necesarias pero diremos “¡oh, qué original es este chico dirigiendo películas!”. Sea como sea, Aronofsky demuestra ser un director con universo propio que, gracias a la fotografía de Matthew Libatique (con quien ya había colaborado en Pi), presenta un mundo opresivo a más no poder, casi irreal. Réquiem por un sueño es de esas películas que dejan poso.
Surgido de las entrañas del cine independiente estadounidense, el director Darren Aronofsky sorprendió al mundo con su primer largometraje, el cual lleva por título Pi (fe en el caos) y le valió el Premio al Mejor Director en Sundance 1998. La película cuenta la historia de Max (Sean Gullette), un marginado social con una capacidad increíble para los números empeñado en hallar la cifra que venga a explicar el orden del universo. Lo más interesante del debut de Aronofsky, o por lo menos lo primero que llama la atención al ver su ópera prima, es su propuesta visual. Se nos muestra una contrastadísima imagen en blanco y negro, muy granulada, a través de innovadores planos conseguidos a partir de un peculiar uso de la cámara, que lo mismo es transportada al hombro que anclada al cuerpo de los personajes, acercándonos así el director más a ellos, situándolos aún más en el centro de la historia. Siendo que la cinta quizá rezume en su temática cierta pedantería y pretenciosidad, podemos intuir en Pi (fe en el caos) reminiscencias del cyberpunk, pues asistimos a una sociedad informatizada en exceso y apocalípticamente impersonal, lo cual, junto con la cañera música techno de Clint Mansell, acerca relativamente el modo de hacer de Aronofsky al posmodernismo. Con un peculiar, y en cierto modo efectista, uso del montaje bastante acosador, Pi (fe en el caos) también deja entrever cierta crítica social a un mundo globalizado y caótico que precisa de una explicación para el ciudadano medio, aunque quizá sea precisamente esa imposibilidad de conocerlo al detalle lo que lo hace sublime y digno de disfrutar.