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jueves, 30 de diciembre de 2010

GREASE, Randal Kleiser (1978) [6/10]

Estados Unidos, al ser primera potencia mundial política, económica y militar, se ha convertido en escaparate y referente para la mentalidad occidental. Su bagaje cultural ha sido importado, y lo está siendo cada vez más, a nuestras tierras de forma impresionante, y día a día podemos ver cómo sus estereotipos sociales encuentran su particular versión española por estos lares.
El cine tiene parte de culpa en este fenómeno, pues es en gran parte a través de él como se nos ha mostrado el anzuelo de la sociedad ideal, la sociedad que debemos querer y a la que debemos aspirar.
Uno de los ámbitos que mejor se presta a mostrar esa realidad estadounidense supuestamente ideal a través del cine es el instituto, generándose así el género highschool, cuyas tramas se desarrollan en el ámbito escolar de los típicos institutos americanos de atractivos quarterbacks, dulces y populares animadoras y emocionantes bailes de fin de curso.
Nos guste o no, todo eso pertenece ya a nuestro imaginario colectivo, y por lo tanto a su correspondiente representación cinematográfica, no exenta en muchos casos de ridiculización.

Grease, de Randal Kleiser, es una de esas películas que, a modo de cariñosa parodia, realiza un homenaje a aquellos años cincuenta que tanto marcaron la mentalidad de la sociedad estadounidense, y por extensión de la sociedad occidental.
Basada en el musical homónimo de Jim Jacobs y Warren Casey, Grease cuenta la historia de la vuelta al cole en el instituto Rydell, donde Danny Zuko (John Travolta) y Sandy Olson (Olivia Newton-John) se reencuentran inesperadamente tras haber vivido un ligue de verano.

Lo cierto es que trama no tiene demasiada, pero sería estúpido ponerse a buscar un argumento en un musical como Grease, donde lo principal son las pegadizas canciones y los atractivos bailes que los “jóvenes” actores nos ofrecen, y cuya única y principal utilidad consiste en alegrarte la tarde del domingo echándole un vistazo en el sofá de casa. Si es en compañía mejor.



lunes, 15 de noviembre de 2010

SONATA DE OTOÑO, Ingmar Bergman (1978) [7,9/10]

Eva (Liv Ullman) y Viktor (Halvar Björk) son un matrimonio que vive en la vicaría del pueblo del que Viktor es pastor. Con ellos vive Helena (Lena Nyman), hermana de Eva, quien padece una terrible enfermedad que le impide desplazarse por sí misma y articular palabra. Tras la muerte de Leonardo (Georg Løkkeberg), un amigo de Charlotte (Ingrid Bergman), la madre de Eva; ésta va a pasar unos días con su hija, a quien no ve desde hace siete años. Lo que empieza como un feliz reencuentro entre madre e hija desemboca en un duelo pasional donde errores del pasado vuelven a aflorar entre ambas, dando lugar a un emocionante drama que únicamente podía llevar la firma de un maestro del séptimo arte como es Ingmar Bergman.

El tema de la incomunicación, tan frecuente en el cine de Bergman, vuelve a salir a la palestra en Sonata de otoño, esta vez envolviendo la relación amor-odio entre una hija y su madre, cuyo éxito implica el fracaso de su hija. Esto se hace especialmente patente en el personaje de Helena, incomunicada con el mundo por definición, y además en una situación que no puede ser peor con respecto a la de su madre. Ingmar Bergman nos regala escenas sobrecogedoras donde toda la porquería que Eva estuvo tragando de niña para satisfacer a su egoísta y superficial madre rebosa, y estalla en forma de reproche y odio hacia Charlotte, poniendo al espectador los pelos de punta gracias a la genial interpretación del dúo Ullman-Bergman. Los larguísimos primeros planos cargados de emoción y tensión demuestran el buen hacer de esas dos maestras de la interpretación.
Del mismo modo, son ciertamente espectaculares esos flashbacks en los que aparece entre otras cosas, en una disposición prácticamente teatral, Eva de niña, así como los silencios ensordecedores con los que el director nos obsequia en alguna que otra ocasión (véase la escena del piano).

Como es habitual en las películas del genio sueco, nos volvemos a encontrar con el mismo elenco de actores que en otras películas suyas, como es el caso de Erland Josephson (en el papel del padre de Eva) y Gunnar Björnstrand (como el agente de Charlotte), si bien su participación apenas se reduce a unos minutos. Del mismo modo, vuelve a estar al mando de la fotografía Sven Nykvist, quien ya se había estrenado en el color con Bergman en Pasión, y que al igual que entonces realiza un majestuoso trabajo de iluminación, especialmente en las escenas de la cama de hospital sobre la que Leonardo reposa.

Sabiendo que Sonata de otoño pertenecía a la última etapa de la filmografía de Ingmar Bergman, me dispuse a ver la película con la guardia alerta, especialmente tras haberle echado un vistazo a Gritos y susurros y Secretos de un matrimonio, películas también de esta etapa que más de uno podría tildar de coñazo insufrible. Cuál fue mi sorpresa cuando me encontré con esta preciosidad que atrapa y toca en lo más profundo del corazón, especialmente si uno conoce en su propia existencia casos similares o parecidos al que se plantea en Sonata de otoño.