
La historia de la que se sirve David Lynch para reflejar esta idea consiste en la investigación de un asesinato por parte de un joven llamado Jeffrey (Kyle MacLachlan) con tendencias detectivescas que involucra a una famosa cantante de club nocturno interpretada por Isabella Rossellini.
Como en otras muchas obras de Lynch, la partitura del filme vuelve a estar a cargo de Angelo Badalamenti, que aporta ese tono de tensión que contribuye a crear la atmósfera, aspecto completado por la en cierto modo oscura fotografía de Frederick Elmes, la cual dota a la obra de una estética particularmente tétrica, sobre todo cuando se presenta ante nuestros ojos ese desfile de peinados ochenteros tan horteras, valga la redundancia.
Siendo en ocasiones ligeramente aburrida a pesar de llevar prácticamente en su totalidad de metraje un ritmo correcto, Terciopelo azul permite a su realizador empezar a encontrar su sitio en lo que a confección de personajes estrambóticos se refiere, desde Frank (Dennis Hopper) hasta su amigo Ben (Dean Stockwell), ambos terroríficos a su manera. También, por supuesto, hay sitio para esa relación tan pastelosa entre Jeffrey y Sandy (Laura Dern) que, bien mirado, tampoco incomoda en demasía.
Pero sin duda, uno de los aspectos que más llama la atención del filme es el personaje interpretado por la hija de Roberto Rossellini e Ingrid Bergman, Dorothy Vallens. Sus curiosas apetencias sexuales nos recuerdan, a los que habíamos visto antes La pianista de Haneke, inevitablemente a los de aquella estricta profesora de piano magistralmente interpretada por Isabelle Huppert, donde violencia y sexo se entremezclaban hasta el punto de ser imposible distinguir entre uno y otro. Algo parecido ocurre en Terciopelo azul, y en la sociedad que representa ante nuestros ojos.
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