
Lo cierto es que en la realización es casi igual que el último filme de Aronofsky (de hecho lamento sobremanera no haber visto antes ésta que Cisne negro), y los planos semisubjetivos tomados desde la nuca y con cortes innecesarios entre medias vuelven a repetirse.
Con un ya habitual tono amargo, desesperanzador y triste, Aronofsky vuelve a hablar del éxito y el fracaso, y de su relación con la soledad y la fama, objetivo que en gran parte viene logrado por la nada desdeñable interpretación de Mickey Rourke. El luchador reflexiona en torno al cambio personal, hasta qué punto se está a tiempo de llevarlo a cabo o ya, sencillamente, es tarde para intentar cambiar nada y hay que aceptarse como lo que uno es. Una buena película que, aunque no supera el que considero el mejor trabajo de Aronofsky: Réquiem por un sueño, no deja indiferente y consigue mantenerte pensando en ella tiempo después de haberla visto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario