
Escrita por Colin Welland, Carros de fuego cuenta la historia real de Harold Abrahams (Ben Cross) y Eric Lidell (Ian Charleson) dos grandes corredores de primer cuarto de siglo que, si bien por motivos diferentes, amaban el atletismo por encima de todas las cosas, y encontraban en él la clave para un mejor desarrollo integral y espiritual como personas.
Producida por David Puttnam, Carros de fuego viene a hablarnos de la importancia que el sacrificio y el esfuerzo tienen en una sociedad como la nuestra, y para ello qué mejor que ambientarnos en los juegos olímpicos de París de 1924.
La emocionante música del griego Vangelis que acompaña la película ya ha pasado a la posteridad y se considera inmortal, desde el inicio en que acompaña a los jóvenes corredores en su marcha por la orilla de la playa, combinada con las preciosas y seductoras imágenes con las que nos deleita Hudson a lo largo de todo el filme. Preciosidad y seducción, no podía ser de otra forma, tratándose Hudson de un respetable realizador publicitario.
No obstante lo dicho, me veo obligado a señalar que, a pesar de todos sus pros (que, como ya digo, son muchos), la película no llega a emocionar tanto como en un principio prometía, y nos queda la sensación de tener ganas de más. Las cuales, para nuestra desgracia, no se satisfacen.
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