
La película, sus imágenes, me roza y me acaricia, pero no me abraza y me envuelve como sí lo hicieron Mulholland Drive o Carretera perdida, quizá porque, siendo de David Lynch, me esperaba del filme una cosa y me encontré con otra, o quizá porque, precisamente, el guión no se debe a la creación del maestro surrealista, sino a la de John Roach y Mary Sweeney.
Sea como sea, y a pesar de que los encuentros del viejecito con diversos personajes a lo largo de su gesta contribuyen a amenizar la película aportando interesantes lecciones de vida y de moral, la película resulta bastante lenta y simple, y uno no puede dejar de tener la sensación de que todo esto no hacía falta contarlo en casi dos horas, sino que en treinta minutos la historia podía estar ventilada perfectamente. Una historia verdadera me recuerda en este sentido a Los puentes de Madison de Clint Eastwood, película también lenta a su manera, pero transmisora, en mayor medida que el film de Lynch, de fuertes emociones que tienen que ver con el amor y la pasión.
Los paisajes que nos son mostrados y la forma en que nos son presentados se aproximan ligeramente a lo que podríamos denominar "atmósfera Lynch", pero no llegamos a tener plenamente la sensación de estar ante una película dirigida por el creador de Twin Peaks, cosa que sí parece ocurrir en el caso de la siempre adecuada música de Angelo Badalamenti, habitual colaborador del director, que encaja a la perfección con las bellas imágenes para regalarnos una película que, si bien defrauda a aquellos que esperábamos la típica película de David Lynch, es indudable que se trata de una bella historia digna de ver. Si es en compañía de tu hermano, mejor aún.
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