
Testigo de cargo es una joya que lo tiene todo. En primer lugar tiene un guión brillante, medido al milímetro, que no se permite la osadía de dejar un solo cabo suelto, que está escrito por el propio director en colaboración con Harry Kurnitz y que reserva para el final un triple salto mortal que acaba por conseguir meterse al público en el bolsillo definitivamente. Cada escena se cierra a la perfección y logra mantener el ritmo con una capacidad asombrosa.
En segundo lugar, Testigo de cargo es una de esas películas que explica la sociedad, que habla de la sociedad con una maestría y una elegancia tales que cuesta creer que haya sido realizada por un ser humano. Wilder nos cuenta una historia acerca de la justicia, de la ley, del bien y del mal, de la cantidad de canallas que hay sueltos por el mundo dispuestos a lo que sea por dinero. Y también por amor. Testigo de cargo es, por todo ello, una película casi perfecta.
Cuentan que Alfred Hitchcock una vez dijo que, en el rodaje de una película, no se podía trabajar ni con niños, ni con animales, ni con Charles Laughton. Pues bien, ignorando si es cierto que Laughton era una persona intratable en los rodajes, es preciso señalar que en Testigo de cargo hace todo un papelón, interpretando a uno de esos personajes que en contadísimas ocasiones ves y que no se te olvidan en la vida. Sir Wilfrid Roberts constituye uno de los personajes más originales y carismáticos que me he encontrado en una pantalla en mucho tiempo, y cada una de sus frases es digna de enmarcar para la posteridad, algo que, de nuevo, vuelve a dar fe del excelente guión sobre el que se asienta esta obra maestra que es Testigo de cargo, película que invita a reflexionar en torno al hecho de que Billy Wilder haya pasado a la Historia como el maestro de la comedia (películas como El apartamento o Con faldas y a lo loco prueban que él, y no otro, es el único e indiscutible maestro de la comedia), siendo que muchas de sus más grandiosas obras constituyen auténticos dramas.
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