
Aún a riesgo de exagerar, diría que, con Titanic de James Cameron, estamos ante la Casablanca de nuestro tiempo. Y es que creo que Jack (Leonardo DiCaprio) y Rose (Kate Winslet) pueden emular perfectamente a Bogart y a Bergman, porque, al igual que ellos, ya constituyen un icono del cine, una de esas parejas inmortales de la gran pantalla.
Titanic es una de las historias de amor más emocionantes e inverosímilmente pasionales de los últimos años. Es una película que, después de verla, sigue contigo varios días, no te suelta, uno le coge especial cariño. Es cine palomitero bien hecho (la aparición de Rose en pantalla es digna del Hollywood más clásico) con una igualmente inmortal banda sonora y unas justas aunque satisfactorias cargas de erotismo.
En Titanic se habla de amor, pero también de cómo reacciona el ser humano cuando está expuesto a una situación límite, qué papel juega el instinto de supervivencia.
Es cierto que se trata de una película que está envejeciendo mal: las escenas de ordenador y las maquetas se notan demasiado, algo que también le ocurre, por ejemplo, a la trilogía de El Señor de los Anillos. Aún así, debe quedar claro que es un peliculón que gafapastas como Von Trier no pueden siquiera soñar con hacer.
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