Así son las cosas, y así se las hemos contado.
La historia de nunca acabar
Nunca he sido un tipo de series. En mis años mozos ví Compañeros y Al salir de clase, y aún a día de hoy sigo riéndome con cada capítulo de Los Simpson que veo por decimonovena vez, pero lo cierto es que nunca he sido una de esas personas que cada noche en el prime time “tiene una cita” con alguna cadena de televisión para tragarse el capítulo de la serie de turno. Tampoco fui jamás una persona interesada en cine especialmente, veía películas de Scorsese y alguna otra que me recomendase algún colega, pero ni por asomo me planteaba ser el conocedor de cine que a día de hoy sí pretendo ser. Es en el momento en que, por gracia divina supongo, decido estudiar Comunicación Audiovisual cuando me intereso por el cine, y es en concreto la asignatura Realización Audiovisual, impartida por el realizador Nick Igea, la que me va descubriendo pequeñas joyas cinematográficas, pero también televisivas. El caso de The Wire es el de una de esas pequeñas joyas televisivas que conocí a través de dicha asignatura, una joya televisiva que un día te recomiendan y que, como no conoces ni te suena, no le haces demasiado caso, pero que cuando ves que ocupa el tercer puesto en el ranking de Filmaffinity, sólo superada por las dos primeras partes de El Padrino, te empiezas a tomar más en serio y te animas a echarle un vistazo. Desde ese momento ya no hay vuelta atrás, y dejas de ser aquella persona que eras antes de ver The Wire. The Wire es, con toda seguridad, uno de los documentos audiovisuales que más me ha marcado en toda mi vida. El hecho de que no sea un fenómeno de masas entre el, llamémoslo así, “público llano” (porque lo cierto es que entre el “público entendido” nadie duda de su calidad) no hace sino sumarle atractivo a un producto que rezuma estilo y elegancia por los cuatro costados. Porque, reconozcámoslo, esa idea de tener un diamante valiosísimo que sólo tú y unos pocos tenéis el honor de disfrutar suma valor e incluso morbo al mismo, y con The Wire es precisamente eso lo que pasa, que a pesar de ser un antes y un después en la Historia de la televisión, y de la imagen en general, es conocida por un muy reducido número de gente. De injusticias está el mundo lleno. ¿Pero por qué The Wire no es tan conocida? ¿Por qué ha pasado sin pena ni gloria, al menos en España? No es mi intención aquí dar una respuesta argumentada a dicha pregunta, y mucho menos divagar en torno a ello realizando algún tipo de estudio, simplemente me limito a dejar esa pregunta en el aire para constatar que cuesta creer que algo tan jodidamente bueno como The Wire no haya sido un fenómeno de masas como el que sí ha constituido Lost (¡el dichoso fenómeno Lost!) o Los Soprano, ambas series que no he visto, pero ambas series muy aclamadas por público y crítica.
La serie The Wire se debe a la cabeza de David Simon, un escritor y periodista de la crónica negra de Baltimore que, basándose en las experiencias de su amigo Ed Burns, policía de la ciudad, realiza un tan sincero como sorprendente retrato de la sociedad de allí, de sus gentes, de sus políticos, de sus barrios. The Wire, podría decirse, constituye casi un documental acerca de la ciudad de Baltimore, y sus creadores vienen a decirnos algo así como “esto es Baltimore, y aquí las cosas son así”. De esta forma, desde el momento en que empieza el capítulo 1 y durante sesenta apasionantes horas repartidas en cinco temporadas, el espectador es conducido a la fuerza directo a la crudeza de Baltimore, a sus suburbios, para hacerle testigo de la realidad envuelta en drogas, miseria, contraste y corrupción que allí se vive. El realismo de The Wire llega a tal término que, muchos de los casos que nos presenta están basados en historias reales, con las que el co-productor Ed Burns tuvo que enfrentarse cuando trabajaba de policía en Baltimore. De hecho, algunos de los actores que interpretan papeles secundarios de gángsters no hacen sino interpretarse a sí mismos, puesto que realmente están metidos en “el juego” del narcotráfico.
Si no fuese porque es tan desconocida, The Wire quedaría para la posteridad a la altura de auténticas obras de arte audiovisual como El Padrino porque, al igual que la película de Coppola, la serie creada por David Simon resulta ser una magistral explicación de cómo funciona la sociedad hoy en día; y porque, al igual que la película de Coppola, The Wire aporta en cada uno de sus episodios auténtica filosofía de vida. The Wire habla del mundo del narcotráfico, y de cómo éste se relaciona con las instituciones del Estado a través de una interminable cadena de mando en la que parece que las personas honradas y buenas brillan por su ausencia. Ése es, de hecho, uno de los más grandes méritos de The Wire: el bien y el mal no existen de por sí, uno no tiene sentido sin el otro, se complementan mutuamente y, del mismo modo que “los malos” tienen cosas buenas, “los buenos” tienen cosas muy malas. The Wire no es maniquea en un sentido ni en otro, ofrece ambas perspectivas (la de la policía y la de los narcotraficantes) con una nitidez y una claridad que asusta, para permitirle al espectador comprobar cómo dichos mundos, que en un principio pueden parecer antagónicos, tienen en común más de lo que parece, en su modo de funcionar, en su ideología y en su filosofía. Así, que existe una jerarquía a respetar y una cadena de mando que conviene no saltarse, lo saben tan bien los policías como los gángsters, y también los políticos y en general todas y cada una de las personas que hacemos funcionar el mundo. Un mundo jerarquizado, que nos promete el oro y el moro ascenso tras ascenso, que nos educa para ser hombres de negocios, legales o ilegales, pero negocios al fin y al cabo, porque de algo tenemos que vivir, y hemos de aceptar un papel que desempeñar en esta tragicomedia a la que llaman vida.
Quizá por no ser un tipo muy ducho en series, me costó cogerle el tranquillo a The Wire, hasta el punto de, tras haber finiquitado la primera temporada, plantearme si la serie no estaría sobrevalorada en demasía. Luego llegó la segunda temporada, y yo mismo descubrí que para nada era así, porque lo que ví en ella me tocó tanto y me enganchó de tal manera que las siguientes tres temporadas me las ventilé como un trago de agua. Es entonces cuando uno cae en la cuenta de que parte de la brillantez de The Wire reside en su sutileza. El guión es condenadamente sutil, muy cinematográfico, con muchas indirectas y que requiere en muchas ocasiones seis sentidos para poder seguirlo, hasta el punto de llegar a pensar que no está sucediendo nada, pero lo cierto es que sí está sucediendo, y mucho.
A simple vista todo parece indicar que el protagonista de la serie es Jimmy McNulty, un detective de homicidios putero y alcohólico, antihéroe posmoderno y una de las caras visibles de la obra de David Simon. Pero a medida que los 60 capítulos de The Wire se van sucediendo y se sigue tirando del hilo, vamos descubriendo toda una suerte de tramas entrelazas entre sí, inmensamente amplias, y en las que encontramos tal cantidad y variedad de personajes, a cada cual más atractivo, que llegamos incluso a dudar de nosotros mismos: ¿seremos capaces de retener tanta información? Personajes como Omar Little, Stringer Bell, Lester Freamon, Joe Propuestas, Marlo Stanfield, Chris y Snoop, y un largísimo etcétera aportan tal atractivo y colorido a la trama de The Wire que podría llegar a decirse que todos y cada uno de ellos tienen su propio protagonismo. No puede dejar de reconocerse el genial paralelismo que los creadores de The Wire establecen entre los distintos roles sociales que pueden desarrollarse en el Baltimore que ellos retratan. Vemos así cómo apenas existen diferencias entre ser policía y ser profesor en Baltimore, entre “tener una esquina” desde la que traficar con droga y tener un pequeño negocio desde el que vender alimentos, entre organizar a tus hombres de la redacción para que vayan a cubrir una noticia y organizar a los hombres de tu unidad para que vayan a por el capo de turno, entre ser gángster y ser empresario. La misma ley y el mismo patrón son los que operan siempre en Baltimore.
En tanto que espectadores, vamos sumergiéndonos poco a poco en la historia que los creadores de The Wire quieren contarnos, para ir descubriendo que dicha historia es, ni más ni menos, que la nuestra propia, la de nuestra sociedad, en Baltimore o en Madrid, en Maryland o en España. Para ir descubriendo y llegando a la conclusión de que la corrupción, el crimen a gran escala, el dinero, el ansia de poder, la droga, etc., han estado ahí siempre, lo siguen estando y, probablemente, siempre lo estarán de alguna u otra forma. Porque, nos guste o no, son ésas las cosas que definen la sociedad, nuestra sociedad, y lo que, por lo tanto, nos da una identidad a nosotros mismos, nos permite reconocernos y saber quiénes somos, qué papel desempeñamos aquí. Es por eso que a The wire no puede colgársele al final el letrero de The End, porque es una historia que aún a día de hoy se sigue escribiendo, en cada esquina de un barrio marginal, en cada despacho del director de un periódico, en el consejo de administración de tal o cual empresa, en cada colegio y, por supuesto, en cada comisaría.
Yo también le dediqué en blog un espacio a esta serie, y es que tienes razó, porque a mí también me ha marcado, y cuando acabé de verla, lo único que pensé es que quería volver a verla, y algún día lo haré, yo tampoco entiendo porque no ha tenido más exito, porque es flipante.
ResponderSuprimirUn saludo
Propongo que habilites una opcion de puntuacion para el público lector de tu blog, para que así se compense la falta de criterio que tienes a la hora de puntuar las películas, en este caso serie soporifera, al por igual que todo film que verse sobre la maldita droga.
ResponderSuprimirNo sé cómo se hace eso de que el público puntúe, pero sí es cierto que sería una muy buena idea.
ResponderSuprimir¿Soporífera The wire? Creo que es lo mejor que se ha hecho jamás. Deberías verla, en serio, te cambia personalmente.